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El edificio La Naviera se transformó en un museo que revive la historia de la medicina antioqueña

FOTO: JULIO HERRERA
Juan Felipe Zuleta Valencia

La Universidad de Antioquia transformó el icónico edificio en un espacio que narra un siglo y medio de fascinantes luchas de la medicina antioqueña.

TOMADA DE:https://www.elcolombiano.com/

Archivo:ElColombiano.svg - Wikipedia, la enciclopedia libre

Siempre habrá nuevas formas de contar la historia de Medellín. Contarla desde sus muertes, sus enfermedades y sus triunfos sobre ellas. Contarla a través de una sierra para cortar huesos, de un equipo de electrochoque para tratar el Parkinson y la depresión o de una máquina dosificadora de éter para calmar el dolor de pacientes con órganos al aire operados en lugares que ni siquiera tenían luz eléctrica. Contarla desde un edificio con delirios de barco.

Cinco años tardó la materialización de un sueño que nació en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia de construir un lugar que guardara la memoria de todos esos nombres, de todos esos pasos que hicieron posible torcerle la mano a la muerte, ganar esperanza de vida para las personas.

Hace tres semanas se inauguró el Museo de la Vida en el edificio La Naviera, el mismo que en 1949 estrenó la era de la arquitectura moderna en Medellín dejando atrás la influencia española y francesa. Ese edificio anclado en la esquina de Palacé, donde La Playa pierde el nombre y se convierte en la Primero de Mayo, se erigió como un símbolo de la ambición de los industriales paisas por abrirse paso a través de los puertos del país.

Por eso su fachada, techos y pisos simulan un lujoso crucero y por eso el antropólogo y miembro de la Academia Antioqueña de Historia, Víctor Ruiz, lo calificó como uno de los diez edificios más importantes en la historia de Medellín.

Cuenta Yésika López Ramírez, gestora cultural de la Facultad de Medicina, que en 2021 decidieron que el naciente museo se ubicara en el corazón de Medellín, en La Naviera, ejemplo de esa misma determinación que llevó a los pioneros de la medicina en Antioquia durante los últimos 150 años a lograr avances que parecían imposibles. “Era también la oportunidad de lograr una triada con el Palacio de Cultura y el Museo de Antioquia”, apunta.

El Museo de la Vida tiene siete salones con exposiciones temporales distribuidos en dos niveles. En el primer nivel está la sala La Naviera, un recorrido desde los cimientos del edificio en los 40, pasando por su tiempo como apartamento del gobernador, lúgubre centro de operaciones de la Fiscalía y, tras años de abandono, punto de encuentro de estudiantes de la Universidad de Antioquia desde 2013.

En el mismo nivel está la Sala Academia de Medicina de Medellín, dedicada a los pioneros que desde finales del siglo XIX se echaron al hombro varios de los avances médicos fundamentales en la historia del país.

El último de este nivel es el Salón de Artistas Carlos Arturo Aguirre Muñoz, un tributo a un espacio que nació hace 36 años con el fin de reivindicar el carácter humanista de los médicos de la Facultad, explica Yésika. Un llamado a cultivar las artes plásticas: la pintura, la fotografía, el dibujo, la escultura para comprender de un modo más integral el rol del médico en la sociedad y que sigue tan vigente como hace tres décadas.

Adentrándose en la singular arquitectura de La Naviera, al llegar al segundo nivel se encuentra la Sala Anatomía y su exposición de “Planchas anatómicas del cuerpo humano”, las primeras de su tipo en tamaño natural hechas en el mundo.

Su autor Paolo Mascagni se dedicó durante 30 años a dibujar sobre un cadáver de 1,70 metros, con el fin de representar en detalle la totalidad de sus partes. En esta misma sala se exponen fragmentos de un cuerpo conservados bajo la técnica de la plastinación.

A continuación está la Sala de Fisiología y Patología, un recorrido para entender la máquina humana. Cuenta Yésika que esta sala reúne por primera vez ante el público los primeros regalos que los médicos pioneros y los grandes maestros de medicina de Antioquia y el país le donaron a la Facultad.

Aquí cada objeto tiene a cuestas años de avances, de esfuerzos, de vidas salvadas. Está el equipo de instrumentación quirúrgica del doctor Andrés Posada Arango, su sierra para cortar hueso y para amputarlos, su dilatador uterino y sus agujas cortantes con los que le arrebató a la muerte decenas de vidas en riesgo durante las guerras civiles a mediados del siglo XIX.

Está la máquina de anestesia Ohio, patentada en 1961 y que según el médico y cirujano, especialista en anestesiología y reanimación, Élmer Gaviria Rivera, quien la restauró y la donó al museo, fue la máquina que garantizó por varios años lo que parecía algo imposible: operar durante horas y sin dolor a pacientes en procedimientos complejos como trasplantes.

Está el riñón artificial Gracec que inventaron el doctor Jaime Borrero Ramírez y su equipo, una máquina que condensa décadas de hitos contra enfermedades renales de la medicina antioqueña como el primer trasplante de riñón con donante vivo que justamente cumplió 50 años en 2023.

Y también se encuentra el equipo de electrochoques, propiedad del doctor Jesús Mora, uno de los primeros psiquiatras antioqueños, y que durante años fue utilizado como tratamiento para pacientes de Parkinson, esquizofrenia y depresión. Y una curiosa máquina de anestesia, un inhalador de éter desarrollado en 1908 y que según el profesor Tiberio Álvarez, uno de los principales donantes de piezas al museo, tiene un enorme significado, pues los médicos lo llevaban para aliviar dolores en medio de cirugías en los lugares más inhóspitos del país. Fue un aparato para democratizar el trato digno en la medicina de comienzos de Siglo XX.

De eso precisamente habla la penúltima sección, la Sala de Proyección, un viaje audiovisual para sumergirse en las prácticas médicas de la Medellín entre 1674 y 1937, y entender mejor cómo esas enfermedades que azotaron a la ciudad y a sus habitantes, cómo los tratamientos y medicinas que hoy parecen rústicos y hasta brutales ayudaron a moldear la Medellín de hoy y las formas de habitarla.

El recorrido se completa en la Sala Vida, el espacio para hablar de las grandes epidemias de la humanidad comenzando por el VIH, un virus que desde que se identificó por primera vez hace 41 años pasó de ser una sentencia de muerte condenada por la sociedad a un virus con el cual es posible llevar una vida larga y plena, libre de estigmas, con el tratamiento adecuado y con redes de apoyo.

Dice Yésika que es la culminación ideal a este recorrido porque con un emotivo montaje, con testimonios y evidencia, demuestra cómo las décadas de avances médicos, de pequeñas y grandes batallas ganadas, ha sido posible prolongar la esperanza de vida, mejorar la calidad de la misma, con corresponsabilidad entre la ciencia médica y la sociedad.

El último espacio del Museo, para digerir y hablar de todo lo que se acaba de ver, es un ameno café pensado para ser atendido por personas con discapacidad cognitiva.

Desde la apertura el pasado 13 de octubre el Museo de la Vida funciona con recorridos guiados y programados mediante inscripción gratuita. Basta con googlear “Museo de la Vida U de A” e ingresar a la página de la universidad donde se encontrará el enlace con la programación de los recorridos y el formato para registrarse con solo un par de datos.

Yésika, la gestora cultural de la Facultad, señala que están convencidos de que el Museo será otra gran experiencia transformadora del Centro que alentará aún más a caminarlo, a vivirlo. Ese Centro que al igual que las historia que narra el Museo ha librado muchas peleas para mantenerse vivo.

 

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