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La escasez de agua se vive a 10 minutos del Centro de Medellín

FOTO: JAIME PÉREZ
Juan Felipe Zuleta Valencia

En El Faro llevan 30 años haciendo maromas para tener agua. Su caso es un reflejo de lo que puede padecer la ciudad y de las soluciones a la mano para afrontarlo.

TOMADA DE: https://www.elcolombiano.com/

Archivo:ElColombiano.svg - Wikipedia, la enciclopedia libre

El consumo por capitas de agua potable en Medellín es de 129 litros diarios. Para los habitantes estrato 6 es de 210 litros cada día. Son lujos que no pueden ni soñar con darse ciudadanos de megaciudades como Tokio o Londres. Es normal entonces que cuando se hable de desabastecimiento en la ciudad la mayoría voltee a mirar para otro lado.

Sin embargo, la vida sin agua potable está a escasos 10 minutos del Centro de Medellín, subiendo algunas lomas hasta llegar al barrio El Faro. Allí, quien quiera cocinar o tomar un sorbo de agua potable tiene que trepar por las calles empinadas, pararse afuera del predio del tanque Llanaditas de EPM, pegar un balde a una manguera flacuchenta y bajar haciendo maromas para evitar regar ni una gota.

En la mayoría de los barrios solo basta con abrir la canilla. A El Faro le ha costado más de una década de peleas y con EPM y la Alcaldía y decenas de iniciativas. Ahora mismo tienen tres estrategias para intentar conseguir agua y aún así no la tienen asegurada.

Si uno se para en la sede de la Junta de Acción Comunal las puede retratar en una sola foto. Más arriba, explica José Gabriel Vélez, vicepresidenta de la JAC, se ve el tanque de EPM que surte a Llanaditas y los barrios bajos de la Comuna 8. Aunque los habitantes de El Faro llevan una década conviviendo con el tanque no tienen acceso a su agua porque para el Distrito El Faro no existe, no figura en los planos. Así que no tienen de otra más que ir en romería a pegarse de la manguerita para suplir las necesidades más apremiantes.

Parado ahí mismo, al mirar hacia el suelo enmalezado se ve parte de la red de acueducto comunitario, alimentado por la quebrada La Castro, la más grande de las tributarias de la quebrada Santa Elena y la cual permite a miles de hogares en la comuna 8 conectarse a un acueducto cuya agua, sin embargo, no es apta para consumo humano porque la mayoría de las veces sale hasta con espuma y desechos de ganado por los usos que recibe montaña arriba.

El acueducto comunitario tiene sus ironías, según cuenta Gabriel. Si llueve demasiado se interrumpe el servicio por la cantidad de daños que sufre la precaria red de tubería y si lo que hay es un verano tremendo, la Santa Elena y sus afluentes se secan dejando varados a miles de habitantes, tal como ocurrió durante la sequía de comienzos de 2020.

92% del agua que consume Medellín y el Aburrá provienen de cuencas de otras subregiones.

Aún así; sucia, inviable y escasa, para muchos habitantes en el sector como Doris y sus padres esta es la única agua con la que han contado durante años para subsistir y para darle a los animales con los que intentan sobrevivir.

La tercera forma con la que intentan conseguir agua es cosechándola en los techos. Para analizar si es posible lograrlo, investigadores de las universidades de Antioquia, Nacional y de Edimburgo instalaron un piloto en la sede de la JAC con unas canecas azules con cables y circuitos cuyo propósito es recoger agua lluvia en los techos, filtrarla y hacerla potable.

Si tienen éxito matarían dos pájaros de un tiro porque además lograrían que el agua lluvia que escurre por la ladera sin control y termina provocando deslizamientos y daños por donde pase quede contenida saciando además las necesidades de los habitantes. Pero hay un problema: a mala hora justo cuando les urge medir la eficacia de esta estrategia llegó el verano.

Y mientras intentan moverse por varios frentes en búsqueda de agua, esperan que la solución de fondo llegue, aunque tienen claro que no llegará este año.

Después de años de lucha comunitaria y dilaciones de todo tipo por parte de EPM, actualmente la empresa adelanta los tramos uno y dos de la primera conexión legal de agua potable para más de 400 familias. Aunque cuenta Gabriel que incluso ahí tienen otra insólita barrera que superar. Sucede que EPM necesita un permiso del Instituto Colombiano de Antropología e Historia porque parte de la red debe pasar por lo que fue hace siglos un próspero camino indígena. Y no es un trámite fácil de solucionar.

La precarias condiciones de vida y hábitat de los habitantes de El Faro contrastan con el abundante espíritu comunitario y la capacidad de organización, no solo de ellos sino en toda la comuna 8.

Agrupados en el Movimiento de Laderas y la Mesa de Vivienda lograron el primer cabildo abierto en el país por una acción climática incluyente y convirtieron a la comuna Villa Hermosa en la única en Medellín con la totalidad de su territorio con estudios microzonificados que permiten conocer en detalle qué hay que hacer para garantizar la viabilidad del territorio. Además crearon, según explicó Carlos Velásquez, líder del Movimiento de Laderas, una ruta de ocho acciones (ver recuadro), soluciones reales y concretas a los problemas de agua, de deslizamientos, de ordenamiento territorial que, implementadas en la 8, podrían ser replicadas en las 16 comunas. Tienen, por ejemplo, un proyecto de agroforesta con el que buscan mejorar su soberanía alimentaria y restaurar zonas propensas a deslizamientos con árboles que contengan las aguas filtradas que tantas emergencias y tragedias causan montaña abajo. Pero necesitan recursos y voluntad política.

El plan que propone el Movimiento de Laderas para mitigar los riesgos y adaptar el territorio al cambio climático contempla: acciones para el manejo de aguas lluvias y escorrentías; limpieza de quebradas y cunetas; recolección de aguas lluvias en las casas; búsqueda y sellamiento de grietas; protección y drenaje de taludes; prevención y control de erosión y reforestación de cuencas hidrográficas. Es decir, pasar de la carreta a la acción con soluciones concretas y alcanzables a corto y mediano plazo que podrían darle un rumbo diferente a la ciudad ante las crecientes amenazas que enfrenta.

La ciudad debe voltear a mirar lo que ocurre en la 8, porque no solo es un espejo de lo que puede padecer Medellín sino de lo que se puede hacer para evitar escenarios críticos.

Para no ir muy lejos, la urbanización incontrolada en Santa Elena obligó a sus habitantes a vivir con cortes diarios de agua. Se estima que para 2030 no habrá agua para abastecer a su población. Medellín consume agua a manos llenas pero solo el 8% de la que gasta pertenece a su jurisdicción. El 92% restante proviene de subregiones como Oriente y Norte donde están ocurriendo intrincados procesos ecológicos y conflictos socioambientales que aceleran la presión sobre la disponibilidad de agua.

Según los Planes de Ordenamiento y Manejo de Cuencas Hidrográficas todas las tributarias del Norte y el Oriente presentan índices de medio a alto de desabastecimiento en tiempos secos. En palabras simples significa que hay que dejar de dar por sentado que al girar el grifo siempre va a salir el chorro a borbotones.

 

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