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Los “monos” que resguardan la riqueza de Río Claro en Antioquia

FOTO: JULIO CESAR HERRERA
Álvaro Guerrero Arango

En la reserva agroecológica Los Monos una familia campesina cuida decenas de especies y de saberes en riesgo de extinción.

TOMADA DE: elcolombiano.com

Archivo:ElColombiano.svg - Wikipedia, la enciclopedia libre

Reserva agroecológica Los Monos. La casa de los Cárdenas, queda en San Francisco, Oriente antioqueño, en la vereda Jerusalén, a la orilla del Río Claro, en medio de un bosque, donde hace calor y pican los zancudos.

Para llegar al lugar, a unas cuatro horas en carro desde Medellín, hay que atravesar, con permiso de los vigilantes de la empresa y sin desviarse de la ruta señalada por ellos, la planta Rioclaro de Cementos Argos, donde la empresa tiene capacidad para producir 2,3 toneladas de cemento al año. La planta, una pequeña ciudad de hierro donde no hay nada pintado y solo se ven tonalidades de arena, es la antesala de uno de los resguardos naturales mejor cuidados del Oriente antioqueño.

Después de atravesar la cementera, que aunque es a cielo abierto se siente como atravesar un túnel, sigue una carretera destapada que parte en dos un bosque de tallos muy flacos y muy altos, un puente colgante por donde a fuerza de lidias cabe un solo carro con un solo tripulante a bordo y un puñado de vacas arriadas por un par de hombres que se parecen mucho entre sí y que van a caballo.

Aunque en la zona hay por lo menos cuatro especies de monos —tití, cariblanco, aullador y marteja— el nombre de la casa de Alejandro no es honor a ninguno de ellos. La reserva agroecológica Los Monos se llama así por los ojos azules y el cabello rubio de sus dueños. Por suerte no le pusieron Los Montañeros, que es un mejor nombre para un paradero de camiones.

Alejandro, que no es el único dueño ni habitante de la reserva pero sí el vocero, tiene 41 años y llegó a la vereda Jerusalén en 2004, después de pasar unos años en Doradal donde sus papás pusieron una tienda y sus hermanos trabajaron como campesinos mientras él vendía chance en una bicicleta que le robaron el mismo día que se ganó el chance que vendía y con lo que se pudo comprar una nueva.

A Doradal llegaron después de salir desplazados de El Brillante, otra vereda de San Francisco pero todavía más arriba, más escondida, más segura para montar un campamento guerrillero. Allá nació Alejandro y sus ocho hermanos. Allá nace también el Río Claro.

A Jerusalén llegaron a trabajar en algunos cultivos y a cuidar el ganado, que es a lo que se dedican buena parte de los propietarios de la tierra en la zona. Al principio compraron tres hectáreas por las que pagaron tres millones. En ese entonces la gente vendía la tierra por lo que le dieran. Mientras los habitantes de Jerusañén salían, así como ellos habían salido de El Brillante por la guerra, ellos entraban.

Empezaron cultivando arroz de caña, yuca y maíz. También compraron marranos y algunas cabezas de ganado que cada vez son menos. Cuando la gente de la ciudad pasa por una construcción nueva suele decir: “ahí antes había solo pasto” o mangas o montañas, si el personaje es paisa. En la casa de los monos es al revés: cuando Alejandro camina y va mostrando un pedazo de las 90 hectáreas de tierra que tiene ahora la reserva a la que llegó hace 20 años, va diciendo “esto antes estaba pelado por el ganado y vea como ha crecido de bastante”.

Pero Los Monos no siempre ha tenido ese acompañante tan sofisticado que es “reserva agroecológica”. Antes era solo el “balneario Los Monos”.

El balneario era porque, en vista de que la gente cada vez se estaba metiendo menos al Río por cuenta de un criadero de peces que lo tenía contaminado, los Cárdenas construyeron una piscina de agua natural que se vacía, se limpia y se llena todos los días. Una piscina donde nadie se baña dos veces con la misma agua.

Puesta ahí en mitad del bosque la piscina parece un espejo de agua de un jardín japonés.

Los vecinos y algunos turistas empezaron a ir a bañarse en la piscina de río y después quisieron quedarse a amanecer. Entonces los Cárdenas construyeron un par de habitaciones y las pintaron de amarillo por fuera. Mezclados con esos turistas empezaron a llegar fotógrafos, académicos y científicos que regaron el rumor de la riqueza natural que rodeaba la piscina de Los Monos.

Apoyados por Cornare, el Instituto Humboldt y por algunas universidades, los científicos y los Cárdenas hicieron una caracterización de la flora y la fauna del lugar y llenaron un cuadro de Excel con nombres impronunciables de árboles, abejas, aves, reptiles y mamíferos. Al lado de los nombres en latín dejaron un espacio para los “nombres comunes: jaguar, perro de monte, zorro acuático, ranita de cristal (como la de la foto de la derecha). Hay traducciones extrañas: “lagarto jesucristo de cabeza roja” dice en la celda al lado de Basiliscus Galeritus.

Ya antes de la pandemia, los botánicos y fotógrafos aficionados y profesionales eran más que los que iban solo por la piscina y el sancocho. También empezaron a llegar excursiones de estudiantes y profesores universitarios. Fue alguno de ellos al que se le ocurrió el refinado “reserva agroecológica”, que está bastante cuadras más arriba que “balneario”, entonces Alejandro y los suyos ya no eran más simplemente campesinos sino “investigadores locales y cofundadores de una reserva agroecológica”, como les dicen en el Instituto Humboldt, uno de los centros de investigación científica sobre biodiversidad más importantes del país.

Uno de esos primeros excursionistas fue el profesor de Biología y Ecología de la Universidad CES, Dino Tuberquia.

Tuberquia llegó a la reserva por recomendación de algún funcionario de Cornare que trabajó en la caracterización del lugar y desde entonces no ha dejado de visitarlo cada vez con más estudiantes que encuentran ahí la inspiración para su trabajo de grado.

El profesor explica que todo el Oriente antioqueño y en especial la zona que bordea el Río Claro es de una riqueza natural casi desmesurada. En sus recorridos y también gracias a cámaras o a pequeñas trampas ocultas han logrado identificar al menos una decena de especies de plantas que están en riesgo de extinción en Colombia, como el árbol abarco, el sapán o el cedro.

La variedad es tal que Tuberquia asegura que allí se encuentra una especie de hierba nueva para la ciencia que, con otros investigadores, someterán pronto a investigación bajo el nombre de Dicranopygium rio-clarense que de nombre común podría ser Manga de los monos.

Sin embargo, Tuberquia dice que quizá la principal razón por la que lleva a sus estudiantes es por lo que él llama “el mensaje cultural” de los Cárdenas.

Para el profesor no deja de ser sorprendente que luego de salir desplazados por la guerra la familia no haya hecho lo que suelen hacer las personas en esta condición que es irse para las ciudades principales a pasar necesidades, sino que decidieron quedarse y adaptarse a la realidad que les fue ofreciendo el campo. “Estrategas emergentes” les diría algún profesor de Eafit.

“Llevo a mis estudiantes para mostrarles que las soluciones de este país están a escala local, que uno no tiene que estar esperando a los políticos o a los tomadores de decisiones sino que un grupo de personas sencillas, humildes, sin formación académica, nos dan el ejemplo de que se pueden hacer cosas a escala local para cambiar el mundo y las condiciones. En realidad es una escuela de aprendizaje inmensa no solo desde el punto de vista ecológico sino también social, y un ejemplo de cómo se cambian paradigmas en este país”, asegura.

En una de esas excursiones con estudiantes bañados en bloqueador y repelente salió la idea de hacer un documental pero no sobre las especies de nombres difíciles que Alejandro ya se sabe de memoria, sino sobre las bondades curativas de buena parte de las plantas que han crecido donde antes solo había pasto para el ganado. Esos saberes también hacen parte del plan todo incluido para los visitantes y del tesoro que los monos preservan.

En el segundo capítulo de los tres que tiene el documental, Alejandro habla del Cariaño, que debe venir de cariño o caricia o cuidado: “un árbol que tiene un olor muy fragante que nos recuerda cuando estábamos en El Brillante, éramos niños y mi papá nos daba cuando teníamos dolor de estómago o nos salía un nacido en la piel o cuando caminábamos en el bosque y se nos pegaba una larva, entonces se hace un parche con cariaña (la piel del cariaño), se calienta, se pone en la piel y eso ahoga el gusano y lo saca.

El último episodio es para el Cadillo, que sirve al mismo tiempo para la pesadez y para la falta de apetito. La serie podría ser más larga: por fuera se quedó el Gualanday, que sirve para curar el acné o la autoestima, que en la adolescencia son la misma cosa, o la Santa María, que también es “muy fragante” y sirve para hacer aromáticas. Por último están “Los Monos” que sirven para la memoria.

 

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