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Basuras, ratas, huecos y malos olores: la mala cara del corredor del tranvía de Ayacucho

FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
Miguel Osorio Montoya

Algunos tramos del corredor del tranvía resaltan por el desaseo y la incultura. Hasta un habitante de calle se cansó y ahora limpia jardines de una estación.

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Un hombre de la calle intenta mantener todo en orden. Su nombre es Javier Albeiro Velásquez, tiene 34 años y fuma bazuco todos los días. No es hincha de ningún equipo de fútbol, aunque en un brazo tiene tatuado el escudo de América de Cali, que se hizo a los ocho años. Una mañana se levantó, y el mal olor habitual le molestó. Entonces agarró un palo de escoba y comenzó a limpiar los alrededores de la estación Bicentenario.

En frente suyo estaba el tranvía, inaugurado en 2016, un símbolo de la transformación urbana de Medellín. Pero el parque, a todo el frente del moderno sistema de transporte, hedía. “Yo soy de la calle, pero me gusta el aseo. Como no hacían nada, yo mismo me desesperé y empecé a organizar esto, sin ayuda de nadie. Cogí un hijueputa palo de escoba y comencé a sacar la mierda”, dice Javier, a quien apodan el Indio.

Los alrededores de la estación Bicentenario dan náuseas. Junto al tranvía hay una serie de materas con árboles resecos, convertidos en chamizos, esqueléticos, que provocan tristeza de solo mirarlos. Sus raíces están cubiertas por basura que cada día tiene que retirar una empleada de Emvarias.

La peor parte son los jardines, donde abundan unas ratas grandes, gordas, que se asoman pesadamente durante el día. Esos jardines son los que Javier se decidió a limpiar. Lleva un mes sacando basura. Cuenta, con la anuencia de los vecinos y testigos, que los desperdicios alcanzaban medio metro y que el olor era insoportable. Todavía es difícil caminar por ahí evitando las arcadas.

La empleada de Emvarias y todos en el parque le dan las gracias a Javier por haber emprendido, de manera tan genuina, la limpieza del parque, pero son conscientes de que eso no es suficiente. No es solo la limpieza, sino el desaseo de la gente, la incultura. Un vendedor de tintos, por ejemplo, se queja de que cada tarde los habitantes de calle revuelcan la basura y la dejan sobre el suelo. No en vano hay tal proliferación de ratas.

En el parque al lado de la estación hay tres casetas comerciales instaladas por la Alcaldía de Medellín, pero solo una funciona. Lo atiende Sandra Miranda, que ha soportado los hedores durante años. “Llego a abrir el negocio y encuentro esto cagado, hasta los candados. Gracias a este muchacho esto ha mejorado, porque era horrible, una cosa que usted no se puede imaginar”, cuenta Sandra.

La vendedora tiene otra anécdota con la que dice “se muere de la risa”, pero que más bien causa lágrimas de tristeza. Varios clientes han llegado a su puesto y han pedido tinto para llevar, para evitar los malos olores, y le han preguntado que cómo soporta tal vejamen. Ella responde que por eso las otras dos chazas están cerradas. Pues bien, un día alguien se le acercó y le preguntó si por allí había un “galpón de marranos”. Ella contestó que no, sorprendida, y le contó que no había chiqueros, pero la persona insistió en que olía igual a “un galpón de marranos”.

A Sandra no le tocó de otra que sonreír incómodamente, disimulando un poco la vergüenza de la situación.

Si bien la estación Bicentenario es la que da una peor imagen del corredor del tranvía, hay otros puntos críticos. La empleada de Emvarias comenta que más abajo, cerca a San Ignacio, se acumulan basuras y decenas de desperdicios de la floristerías. Sacar esa basura es peligrosos, pues tiene espinas que amenazan.

En general, el corredor está en mal estado o el espacio público está invadido, por no mencionar los motociclistas que se meten por la mitad de la vía. El corredor, cuando se entregó, representaba una ciudad transformada, que había cambiado. Hoy sucumbe en medio del desinterés ciudadano, la desidia, la falta de cultura, la ausencia de sentido de pertenencia. Pareciera que solo Javier se preocupa por mantenerlo limpio.

 

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