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Una traición criminal disparó la violencia en el Suroeste

La finca de Betania en la cual ocurrió la masacre de 10 personas, el pasado 22 de noviembre de 2020. FOTO EDWIN BUSTAMANTE

POR NELSON MATTA COLORADO |

Una división en el Clan del Golfo afectó monopolio de la droga y otras bandas aprovecharon.

La masacre de 10 personas en una finca del municipio de Betania es el capítulo más cruel de una cadena de traiciones entre criminales, que explica la historia de la violencia que hace dos años mantiene de luto al Suroeste antioqueño.

TOMADO DE: elcolombiano.comAntioquia - Medellín | El Colombiano, noticias.

Para desenredar esta trama, EL COLOMBIANO consultó a oficiales de la Policía, fiscales y fuentes de Inteligencia, que bajo reserva de identidad narraron estos hechos plagados de maldad, en las entrañas de la organización ilegal que controla el bajo mundo en la zona: el Clan del Golfo.

Una de las principales estructuras de ese cartel narcotraficante es el bloque Pacífico, que ejerce influencia desde Chocó hasta Tumaco (Nariño), incluyendo la citada subregión paisa. El bloque se divide en cinco frentes y uno de ellos es el Suroeste, con tentáculos en 14 de sus 23 municipios: Urrao, Betulia, Concordia, Salgar, Betania, Hispania, Andes, Jardín, La Pintada, Jericó, Fredonia, Tarso, Pueblorrico y Ciudad Bolívar.

En este último pueblo, según las investigaciones judiciales, tienen una de sus bases de operaciones, en el barrio Las Flores, donde suelen realizar reuniones clandestinas.

Las fuentes explicaron que hubo un cambio en la cúpula del bloque Pacífico, a principios del año pasado. El máximo jefe del clan, Dairo Úsuga (“Otoniel”), venía desconfiando de los comandantes de ese grupo. Primero fue “el Negro Perea”, a quien relevó del mando por su indisciplina y sus aberraciones, que incluían la explotación sexual de niñas de 11 a 13 años; tampoco quedó satisfecho con el reemplazo que le nombró, “Furia”, a quien le perdió la confianza porque al parecer no reportaba todas las ganancias de los negocios y compraba propiedades a manos llenas.

Así que decidió asignarle esta jefatura a un integrante del llamado “estado mayor” del clan, Wilmer Giraldo Quiroz (“Siopas”). “Él comandaba el frente Zuley Guerra, en la frontera de Urabá con Córdoba. Se fue entonces hacia Chocó, escoltado por ocho hombres, navegando el río Truandó”, indicó un investigador a este diario.

Lo primero que hizo “Siopas” fue reunir a los cabecillas de los cinco frentes, en enero de 2019, para reorganizar la cadena de mando e imponer su autoridad. Fue el inicio de las rencillas que más tarde desatarían la violencia de hoy.

La rebelión de “Alambre”

En la cita, llevada a cabo en una finca del corregimiento Altamira, en Betulia, se confirmó que la jefatura del frente Suroeste quedaría en cabeza de dos hermanos, “la Erre” y “la Sangre”, quienes venían coordinando los negocios años atrás; las finanzas las manejaría “Andrés”; el ala militar, “Ánderson”; y las plazas de vicio, “Carne Rancia”, quien a pesar de estar en prisión hace dos años, controla el tráfico local de estupefacientes.

El cambio más grande fue el del subcomandante del frente: Jorge Rodríguez García (“Alambre”), a quien relevaron de algunas funciones. Un testigo protegido relató lo siguiente a los policías: “Se ordenó una redistribución de cargos y zonas. ‘Alambre’ no quedó contento y abandonó la reunión; a los días, dijo que ya no haría parte del frente. El aumento de los homicidios se debe a esa guerra entre ‘Alambre’ y el comandante ‘la Sangre’”.

“Alambre” no se fue solo de la organización, sino que reclutó a cabecillas urbanos de Ciudad Bolívar, Urrao, Betulia y Salgar, con la idea de crear su propia banda. Empezó a disputarle las plazas de vicio a “Carne Rancia”, cobrando $20 millones a traficantes interesados en ingresar al mercado de drogas de los pueblos.

Hasta ese momento, el clan del Golfo monopolizaba las redes de narcotráfico y mantenía a raya a los competidores, pero la brecha que abrió “Alambre” democratizó la venta de estupefacientes, empoderó a las bandas locales y atrajo a otras del Valle de Aburrá. Así empezó la guerra fratricida que hoy tiene al Suroeste como la subregión con más homicidios del departamento, pues en ese río revuelto de gente armada, todos quieren su ganancia cueste lo que cueste.

“Alambre” pagó con su vida esa rebelión. El 19 de marzo de 2020, afuera de una finca de la vereda La Samaria de Ciudad Bolívar, se enfrentó a sus antiguos socios. Cuando iba a tirarles una granada, esta explotó muy cerca de sí mismo y lo lanzó a un cafetal.

Sus enemigos lo rodearon, eran jóvenes ávidos de venganza. Con celular grabaron su festín de la muerte, mientras le disparaban y propinaban machetazos al otrora subcomandante. Este diario conoció ese video, pero es tanta la sevicia, que es impublicable.

La retoma del clan del Golfo

En el último balance de orden público, el pasado viernes, el secretario de Gobierno de Antioquia, Luis F. Suárez, precisó que “en el Suroeste van 277 homicidios este año, frente a 184 de 2019, para un incremento del 50,5 por ciento”.

En varios consejos de seguridad, el ministro de Defensa, Carlos H. Trujillo, ha anunciado una ofensiva para frenar esa tendencia negativa. En la subregión se incrementó la presencia de la Policía y el Ejército, y se designaron equipos con investigadores y fiscales especializados para esclarecer los crímenes (ver Para saber más).

Tras aniquilar a “Alambre”, el clan inició una brutal retoma de las plazas de vicio del Suroeste, lo que ha provocado ocho matanzas en 2020. En varios de esos hechos las víctimas fueron señaladas de vender droga de “contrabando”, es decir, sin autorización del frente. La pelea es contra sus excolegas, las facciones locales y las venidas del Valle de Aburrá, como “la Terraza” (ver la infografía).

Y es así como esta historia de deslealtades desembocó en la masacre de Betania. Según la investigación de la Fiscalía, a la finca de la vereda La Julia, donde ocurrió el hecho, solía ir un jíbaro apodado “el Monstruo”, que comercializaba droga de contrabando para los recolectores de café..

Por esa razón, el clan lo tenía en la mira, pero el 21 de noviembre ocurrió algo que detonó una feroz retaliación. En la misma vereda, un hombre conocido como “el Cubano”, sicario de la localidad, se enfrentó a bala con un miembro del frente Suroeste, Javier Velásquez Holguín, llamado “Sangre” (igual que el comandante), dejándolo herido.

Los informantes del clan les avisaron que “el Cubano” se escondió en la finca de La Julia, con lo que ya había un segundo motivo para atacar el predio. Al día siguiente, un comando armado incursionó en la propiedad, matando en la entrada a “el Monstruo”; reunieron a los recolectores, buscando a “el Cubano”, y al no encontrarlo, decidieron masacrar a nueve personas más.

Esos campesinos eran inocentes, como otros que han fallecido en el Suroeste desde que en enero de 2019 un cambio de jefes, en un cartel narcotraficante, desató una cadena de traiciones.

La traición criminal que disparó la violencia en el Suroeste

CONTEXTO DE LA NOTICIA

 

– Contra la cúpula del frente Suroeste: la Fuerza Pública capturó a los cabecillas financiero y militar, alias “Andrés” y “Ánderson”. Sobre el cabecilla de narcotráfico, Andrés Morales (“Carne Rancia”), quien está en prisión, la Fiscalía le imputó nuevos cargos por concierto para delinquir, al considerar que sigue dando órdenes desde La Picota. Por la captura de los comandantes, “la Erre” y “la Sangre”, hay recompensas de hasta $100 millones.

– Contra los autores de la masacre de Betania: van cuatro capturados: “Luis”, “Sangre”, “Bobis” y un adolescente.

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