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Mandé: un poblado en deconstrucción de guerra y en construcción de paz

El río Mandé anuncia la proximidad de la llegada al poblado. Un hombre orienta las mulas que cargan productos traídos desde el municipio de Urrao, Antioquia. Foto: Johanna Pino.

Por: Johanna Pino Quiceno

Entre los departamentos de Antioquia y Chocó se encuentra un poblado conocido como Mandé.

TOMADA DE:https://www.udea.edu.co/

Universidad de Antioquia

En esta localidad intervienen comunidades ancestrales, desmovilizados, instituciones estatales, iglesias, organismos internacionales y la empresa privada en una importante labor de reconstrucción social, después de años como protagonistas del conflicto armado. En este escenario, la Universidad de Antioquia tiene varios profesionales que apoyan el trabajo con sus habitantes.

Eleazar vive en Mandé, un lugar ubicado en zona rural del municipio de Urrao, Antioquia, al que es posible llegar en mula, en un recorrido de 12 horas, o en helicóptero. Es como si viviendo en Medellín tuviera que desplazarse hasta Tarazá para encontrar atención médica, bancaria, institucional. Son 225 kilómetros de un camino de herradura que lo separa de cualquier respuesta a sus emergencias, hacer una llamada o conectarse a Internet.

Mandé está ubicado en el Chocó biogeográfico, una zona que se extiende hasta Panamá y Perú con gran riqueza natural y cultural. Una pequeña porción abarca el departamento de Antioquia y en ese trazo vive Eleazar; el mismo lugar donde las Farc-EP mantuvieron en cautiverio y asesinaron en 2003 al exgobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria Correa, al exasesor de paz, Gilberto Echeverri, y a ocho soldados del Ejército Nacional de Colombia.

«Nunca habíamos visto una cosa de esas», recuerda Mildonia Santos, una mujer alta y de tez morena, después de terminar de poner en el horno los panes de chocolate que espera vender en la tarde. Tenía 17 años; mientras preparaba arepas y envueltos de maíz, miró al cielo y vio cómo poco a poco descendían hombres armados: «Nos asustamos y nos tiramos al monte. Nosotros nunca en la vida hemos visto eso». Ese día abandonó Mandé. Sin pausa alguna en el camino por la selva, llegó la noche y avistaron otro poblado, la vereda Vásquez, en donde permanecen desde entonces.

Vásquez es la principal de las siete veredas que integran Mandé. Allí los habitantes de Mandé reciben atención médica y jóvenes como Eleazar, en undécimo grado, estudian su bachillerato. Las casas tienen las características de la vivienda palafítica del Pacífico, están hechas de madera y se distribuyen a lado y lado de la quebrada. Donde antes era selva, ahora hay calles definidas por las casas y el paso continuo de sus habitantes. El sonido no es el trino de los pájaros o agua corriendo, sino la música: vallenato, reguetón y cantos religiosos que compiten entre el lado mundano y el religioso, divididos por la quebrada.

La dieta diaria está compuesta principalmente por lo que cosechan: plátano, maíz, arroz y yuca: «Todos los productos que nosotros queremos los tenemos acá», dice orgullosa Mildonia. Federico, su hermano, agrega: «La liga la conseguimos en el río, lo que es el pescado; y la carne en el monte cazando con los perros buenos. Se caza gurre y guagua». Lo que no pueden conseguir lo mandan a traer de Urrao, pero solo el transporte cuesta $ 100 000. En Mandé, un lugar de viento seco y caliente a 34 °C, los habitantes no cuentan con acueducto ni alcantarillado y la energía es estable mientras no llueva.

La electricidad llegó poco después de la firma de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno Nacional y las Farc-EP, cuenta Nery Perea sobre una tabla que sirve como asiento al frente de su casa. Es una lideresa mandeceña que llegó incluso a ser parte del Concejo de Urrao, una experiencia que no quisiera repetir, «no me gustó como se hace política». Reconoce que, si bien los cambios han sido lentos y pocos, el Mandé de ahora es muy diferente al de hace unos años: «Acá fuimos abandonados totalmente, vivimos un tiempo que usted no se imagina, ahora estamos en mejores condiciones, pero todavía usted ve todas las necesidades que hay. La energía está más o menos; un día tenemos, otro día no; se nos dañan las cosas. No tenemos sanitarios, falta educación; pero eso no quiere decir que por eso no vamos a seguir adelante».

Así se construye paz

Por muchos años el río Mandé se tiñó de rojo. Fue el escenario de enfrentamientos entre el Frente 34 de las Farc-EP y el Ejército Nacional de Colombia, una situación que se agudizó durante el cautiverio y luego del magnicidio de los lideres políticos. Durante los años más violentos muchos mandeceños tuvieron que huir, otros fueron desaparecidos y otros asesinados. Eleazar, por ejemplo, perdió a uno de sus hermanos en este cruce de disparos e ideologías.

Esta situación llevó también a algunos de sus habitantes a formar filas. El hijo de Nery lo hizo de manera voluntaria; ni el llanto ni el ruego de su madre lograron disuadirlo. Federico, el hermano de Mildonia, recuerda los problemas que había para comunicarse entre Mandé y Urrao: «No podíamos mercar para la familia más de 70 000 pesos al mes porque, si traía de más, se lo quitaban; creían que uno iba a auxiliar a la guerrilla». Juan Ángel Cuesta, uno de los líderes de la comunidad, cuenta que muchos jóvenes terminaron en la cárcel injustamente, «entonces la solución que uno hallaba era irse para la Farc, que si me van a meter a la cárcel sea por hecho reales».

Como Juan Ángel y Federico, 94 firmantes retornaron a Mandé para trabajar junto con la comunidad en la consecución de mejoras para su poblado. La educación básica es una de ellas. Hasta hace unos años los jóvenes debían desplazarse a Urrao si querían cursar un nivel superior a quinto de primaria. El puesto de salud es otro logro reciente: es la única construcción en ladrillo que existe en Mandé, que además cuenta con un auxiliar de enfermería. Por avances como estos la comunidad percibe que el lugar ha cambiado: «Del Acuerdo de Paz, de ahí pa’ allá, cambió todo, ya no había enfrentamientos ni guerra», reconoce Eleazar, que ahora es personero del Centro Educativo Rural Vásquez.

Estos años en paz han permitido otros logros organizativos, como la titulación colectiva de las tierras que tradicionalmente venían ocupando. Una conquista de muchas comunidades afro en el país gracias a la Ley 70 de 1993 o Ley de negritudes. En esto fue vital el Consejo Comunitario por la Identidad Cultural de Mandé, una figura organizativa que tiene más de 10 años y en la que convergen representantes de cada una de las comunidades que integran Mandé. «Cada dos meses nos reunimos todas las siete comunidades y ahí se definen los planes de trabajo; por ejemplo, ahora estamos haciendo un puente en la parte Curbatá. El día de trabajo salen de cada comunidad a aportar su mano de obra», detalla Federico Santos, fiscal del consejo.

Esta manera de organizarse y trabajar no solamente funciona para obras de infraestructura. De acuerdo con Juan Ángel Cuesta, el Consejo Comunitario también se encarga de asuntos cotidianos y del entorno como «robos, peleas de borrachos y de reglamentar la franja de tierra. Anteriormente sí hubo aquí una inspección de policía, pero ya no. En ese entonces, mandaban de Urrao a un inspector y todas las quejas y problemáticas llegaban a él. Hoy no es así, hoy las problemáticas llegan al consejo». Bajo esta figura se organizan y regulan los mandeceños, aunque también tienen límites y si lo ven necesario llegan a otras instancias estatales como la Policía o la Fiscalía, menciona Juan Ángel.

«Desde que haiga paz, hay vida (sic)», Eleazar Santos Perea, joven mandeceño de 18 años que sueña con ser médico para atender a su comunidad.

En el Parque por la Paz y la Reconciliación de Mandé, recientemente inaugurado en un trabajo liderado por la Misión de Verificación de la Organización de Naciones Unidas —ONU—, José Ignacio Sánchez cuenta que «el temor más grande es el regreso del conflicto armado». Durante 30 años, Mandé fue uno de los sitios que José Ignacio recorrió con un fusil al hombro. Ahora lo visita para cumplir su rol como enlace entre la comunidad y la Agencia para la Reincorporación y la Normalización, creada por la Presidencia de la República de 2003 con el objetivo de acompañar a quienes le apuestan a la paz y hacen tránsito a la legalidad. Como son tantos en el territorio, los enlaces recorren unas zonas en específico y de esta manera pueden hacer un seguimiento más cercano y oportuno a los firmantes.

Aunque reconoce la transformación de Mandé, asociada con el proceso de paz y el compromiso de los firmantes, sostiene que sin vías de comunicación es muy complicado sostener este propósito, «hoy en día nuestras comunidades le están apostando a la paz, pero queremos una paz verdadera». Un propósito en el que coincide con Yirleyson Perea, un joven de 20 años que cursa último grado de bachillerato, y que entre sus sueños está ser abogado para garantizar los derechos de sus comunidades y dejar en el recuerdo las noches de llanto por la pérdida violenta de sus familiares: «Vivir la vida es lo más bonito, y vivirla en paz es lo mejor».

Paz, algo especial

David Uribe, magíster en Intervención Social e integrante del equipo de trabajo con el que la Universidad de Antioquia llegó a Mandé, cuenta que la primera vez que viajó en mula al poblado: «Uno de los habitantes nos vio llegar y nos dijo: ¡Profe! ¿Ustedes se vinieron en mula desde Urrao? ¿En serio nosotros somos tan importantes para ustedes?». David no dudó en responder que sí.

Él es una de las más de 20 personas que en distintos momentos han visitado Mandé como parte de las acciones que allí lidera la Unidad Especial de Paz —UEP— de la UdeA, programa creado en 2018 para aportar a la construcción de paz en Antioquia y Colombia. Hugo Buitrago, líder de esta dependencia, explica que llegaron a Mandé tras una invitación de la Misión de Verificación de la ONU: «Son tantas y tan variadas las dificultades que tiene esta comunidad que requiere el aporte de las distintas unidades académicas», comenta.

«La expectativa de nosotros como comunidad es que vuelvan muy pronto, que esto siga. Si todos los colombianos nos unimos, hacemos este proceso de paz fuerte», Juan Ángel Cuesta, líder comunitario.

Además de la Unidad, a la comunidad han llegado profesionales de la Facultad Nacional de Salud Pública, el Instituto de Educación Física y Deporte, la Escuela de Nutrición y Dietética de la Alma Máter para aportar sus conocimientos, una integración que históricamente ha liderado la Universidad en otras comunidades con características similares.

Por ejemplo, ante la ausencia de agua potable, la nutricionista Luz Stella Escudero, de la Escuela de Nutrición y Dietética de la UdeA, ha realizado capacitaciones para crear conciencia sobre el consumo y la manipulación de los alimentos. En otra visita, les habló a ocho madres gestantes y lactantes, la mayoría con sus bebés en brazos, de la importancia de lactar por un período mínimo de seis meses «porque protege a los niños contra las enfermedades más comunes, como la diarrea y las infecciones respiratorias».

La Unidad Especial de Paz también ha llegado a Mandé con investigadores del Serpentario de la UdeA debido a la ocurrencia de accidentes ofídicos. De acuerdo con el biólogo Jeisson Gómez, los habitantes de Mandé, al ser parte de una región naturalmente rica como es el Chocó biogeográfico, están en un ambiente con altas probabilidades de encontrarse con animales de importancia médica. Por el aislamiento de la localidad, cuenta el profesional, la comunidad contó historias como la de un niño que fue mordido por una mapaná y tuvo que soportar 12 horas en mula para ser atendido en Urrao.

«Nosotros miramos un mundo diferente, cuando llega la UdeA acá nos enseñan y aprendemos muchas cosas», Marina Perea, docente en Mandé.
A pesar de las diversas y básicas necesidades de los mandeceños, muchos de ellos coinciden en que «Mandé tiene una necesidad urgente y es la vía de comunicación», como dice José Ignacio. «Donde hubiera carretera hasta Mandé, este sería el paraíso», señala Nery. Un anhelo que Federico ve como «el mayor sueño, porque con eso podemos sacar productos y tener una vida mejor».

Mientras ese sueño se cumple, sea en mula, a pie o en helicóptero, la Unidad Especial de Paz de la Universidad de Antioquia sigue acompañando a esta comunidad en la construcción de un territorio en paz; ya lo decía Eleazar «siempre la paz es lo más importante porque, cuando la tenés, podés respirar normal… Es algo especial».

 

 

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