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Las rumbas, ahora virtuales y con guayabo financiero

En Son Havana el pasado viernes hubo un toque en vivo, con público en redes sociales. El dinero recaudado se repartió entre los integrantes de la banda del lugar.

POR VANESA RESTREPO

Son las tres de la tarde de un viernes de mayo y Medellín respira fiesta.

En el bar Son Havana 10 músicos ya están tocando los clásicos de salsa, pero son tiempos de pandemia y las discotecas están cerradas por un periodo indefinido.

TOMADA DE:https://www.elcolombiano.com/

El Colombiano (@elcolombiano) | Twitter

“Bueno mi gente, estamos aquí, de nuevo, otra vez con ustedes”, dice el cantante de la Son Havana All Stars antes de que los tambores den inicio oficial a la primera fiesta que tiene el bar en dos meses.

Julio Restrepo Molina, “el dueño y el de oficios varios” sonríe satisfecho en la barra. El sitio no tiene ni un solo visitante -como ordena la ley-, pero al otro lado de la pantalla están llegando los clientes. Un hombre con tapabocas los anuncia mientras controla la transmisión en redes sociales.

Antes de que los 10 músicos empiecen a tocar, el cantante recita los números de una cuenta de ahorros: ese será el cover. “Si los dueños de los negocios estamos perjudicados, los músicos están peor. Hoy la plata que se recoja va a ser para ellos”, dice Julio y compara a su banda con deportistas que necesitan entrenar para no perder el nivel competitivo.

Clausura sin fiesta
La última fiesta que tuvo el bar, hace ya dos meses, no tuvo nada de especial: terminó con algunos borrachos a la madrugada, como todos los fines de semana de los últimos 10 años. Era 14 de marzo.

Ante la posibilidad de que sus clientes se enfermaran, Julio tomó la iniciativa de no abrir el 18 de marzo. Decidió pensar en esa semana como un descanso obligado y por eso no se sobresaltó el 19 de marzo cuando escuchó sobre la cuarentena por la vida, el primer aislamiento que tuvo la región y que duró los tres días siguientes.

Pero en la noche del último día de cuarentena una alocución presidencial anunció que todo el país entraba en aislamiento preventivo obligatorio, lo mismo pero con otro nombre, y que además los bares y restaurantes no podían volver a abrir. Parecía el fin.

“Todas las neveras habían quedado prendidas y los estantes estaban llenos de licor. A los 15 días de cerrar pude ir, devolví el trago a la proveedora, desconecté las neveras y le eché la bendición al bar”, recuerda Julio.

Durante los dos meses siguientes, cada 15 días él se pegaba de las noticias para saber si se levantaba la cuarentena. Tras cada decepción volvía a sus redes sociales para mantener contacto con los clientes, muchos de ellos convertidos ya en amigos a fuerza de muchas noches de baile.

Los mensajes esporádicos fueron mutando a transmisiones en vivo en las que todos se saludaban mientras de fondo sonaban las canciones conocidas y Julio aprovechaba para mantener viva la marca. Un día a finales de abril alguien le pidió un mojito y un par de sandwiches, el combo estrella del bar, y así nació la idea de llevar la experiencia del bar a domicilio.

Aunque el plan despegó, no es suficiente. Por eso la de este viernes es la fiesta de confirmación del bar que sigue vivo aunque ahora para pagar el arriendo y los otros gastos fijos, Julio deba explorar negocios complementarios como la venta de productos de bioseguridad.

¿No era temporal?
A las cinco de la tarde una nueva transmisión en vivo se anuncia en Instagram y empieza Remolinos de música corriente, un programa de radio que ahora se transmite en redes sociales desde La Pascasia, otro bar que también es centro cultural.

Aquí no hay cover, pero en él se mencionan las dos opciones de financiación que hoy tiene el sitio: Proyecto Sunrise y Patreon. En el primero se reciben donaciones y en el segundo se venden además trabajos de artistas. Y es que este es un bar extraño porque también es corporación cultural, sello disquero, editorial y café.

El 13 de mayo fue la última vez en la que las 24 personas del equipo trabajaron juntas. Tres días más tarde en sus redes sociales apareció este anuncio: “Instamos a nuestros visitantes a brillar por su ausencia y tomar las medidas que exige la calamidad pública instalada en nuestra ciudad. Anunciamos que nuestra puertas se cierran desde hoy hasta el 1 de mayo tentativamente”.

Pero la fecha de apertura se fue aplazando y la plata empezó a escasear. “Las entidades culturales pasan en rojos sus estados financieros aún abiertas a tope”, dice José Julián Villa, uno de los responsables quien, con la seguridad que le dan los cuatro años de operación del sitio, señala que la situación complicada no nació con la pandemia, pero si se agravó y se hizo más evidente con ella.

Por eso los contenidos de la casa se trasladaron a espacios digitales y hoy ya se han hecho talleres de lectura y escritura, lanzamiento de libros y hasta exposiciones virtuales que solo tienen un problema: son difíciles de monetizar. “Con eso mantenemos a flote el espíritu creativo, pero no son una oportunidad laboral”, agrega.

En los últimos días el equipo de trabajo se ha concentrado en buscar convocatorias culturales que permitan financiar proyectos. Las fiestas, mientras tanto, siguen siendo los eventos más concurridos y a José Julián le parece normal: “En la soledad de las casas la gente quiere entretenerse e interactuar. Nosotros le ponemos la música y le agregamos conversación”.

Perreo virtual
A las ocho de la noche empieza el party. Debajo del letrero “dale duro” escrito en neón que se volvió el símbolo de la discoteca, aparece con su consola Alejandro Cardona, DJ y socio de Perro Negro.

La discoteca, que nació de fiestas sin sitio definido, funciona desde 2017 y ya tenía 14 empleados el 13 de marzo, cuando sus dueños se enteraron de que no podrían volver a abrir en un buen tiempo. “Ya teníamos reservas para muchos fines de semana. Ahí uno no sabe ni qué hacer”, dice.

Alejandro no quería que la gente se olvidara de la marca y dos semanas después empezó a hacer transmisiones en Instagram que tuvieron mucho eco en redes sociales, pues estuvieron entre las primeras de su tipo en la ciudad. Pero las dificultades técnicas, los problemas con la plataforma y los bloqueos a ciertas canciones lo hicieron mudarse a la plataforma Twich.tv, donde ya llevan un mes.

El problema es que la nómina sigue activa, el arriendo no se ha suspendido y los ingresos no despegan. “Todo ha sido difícil. Pasarse a la nueva aplicación, explicarle a la gente… y en el país la monetización está en pañales y nosotros, por ejemplo, tuvimos que ponernos a aprender de pasarelas de pago y comercio electrónico”, agrega.

El mismo dilema lo tiene Juan Camilo Corredor, cofundador de Sornero, una discoteca que nació hace menos de seis meses y que también hace rumbas virtuales. Empezaron hace dos semanas enseñándoles a los clientes cómo “tomar mejor” en cuarentena y en la última sesión tuvieron música en vivo y consejos sobre cómo engallar vino de tienda de bajo costo.

“Estamos enviando a domicilio algunos productos y cocteles pero eso no genera ni el 8 % de las ganancias que teníamos cuando estábamos abiertos”, dice Juan Camilo.

Él y sus dos socios -uno encargado de los licores y el otro de asuntos administrativos y ahora de repartos a domicilio- decidieron seguir con el negocio hasta donde aguante. Su preocupación ahora es el pago del arriendo, porque aunque estuvo congelado un tiempo, ya se reactivó.

¿Hasta cuándo?
Si hubiera sospechado siquiera que una pandemia lo dejaría sin salsa en vivo, Julio habría tirado la casa por la ventana ese 14 de marzo, como planea hacerlo cuando pueda volver a abrir para celebrar la primera década del negocio y su primera pandemia.

Pero nadie, ni siquiera las autoridades de salud que todos los días estudian el virus y hacen proyecciones sobre los picos de contagio, saben cuándo dejará de ser peligroso el contacto social, ese valor agregado que ofrecen los bares y discotecas para vendernos licores a precios más altos.

El problema es que mientras las cajas registradoras dejaron de sonar, los ahorros siguen bajando y las cuentas llegan puntuales: arriendos, servicios, créditos, nóminas.

José Julián resume la situación en una frase: “Fuimos los primeros en cerrar y vamos a ser los últimos en abrir, o al menos eso vemos” .

CONTEXTO DE LA NOTICIA

¿QUÉ SIGUE?

EL FUTURO SIN CONTACTO

Algunos bares han optado por otra financiación. Erre, por ejemplo, les ofreció a sus visitantes hacer un pago mensual mientras dure el cierre, con la promesa de doblarlo en consumos cuando reabran. Asobares adelanta negociaciones con MinComercio para buscar subsidios al pago de nóminas y arriendos.

El problema, según Juan Valenzuela, director del gremio en Antioquia, es la alta informalidad en el sector. En Envigado trabajan en un piloto con la alcaldía. “Es un plan de reapertura para evaluar cómo funcionaría un bar con menos personas, distribución distinta, sin cartas físicas, con espacios abiertos, etc. Eso para que cuando nos den vía libre, estemos listos para abrir”, aclaró Valenzuela.

 

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