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Guatapé, el pueblo que se hizo viral, no está listo para tantos seguidores

El malecón y la Calle del Recuerdo son dos de los lugares que se transformaron cuando el municipio decidió apostarle al turismo como la actividad predominante de su economía. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero

En el municipio no saben cuántos visitantes reciben, lo cierto es que son muchos porque ya ni el agua ni la tierra alcanzan.

ÁLVARO GUERRERO |

TOMADO DE: elcolombiano.com

A la una de la tarde despega el primer helicóptero del día desde la Piedra de El Peñol. Luego, despegará 21 veces más, una cada 10 minutos, hasta las 4 y 40 siempre que haya turistas, o sea casi todos los días. El recorrido puede durar 6 u 8 minutos. El primero cuesta $300.000 y el segundo $350.000 por persona. Hay espacio para cuatro.

Desde el aire la vista no puede ser mejor para el Instagram o el Tik Tok. Las montañas, cada vez más llenas de mansiones, glampings y hoteles, la represa de 74 kilómetros cuadrados que hace casi 50 años inundó todo el Viejo Peñol y las montañas de Guatapé y Alejandría que cubre casi todo, la piedra de 220 metros de alto que sigue creciendo por razones geológicas, la fila de escaladores que comienza 30 kilómetros antes, en Marinilla, y que en un día de fiesta puede durar cinco o seis horas. La frecuencia de los helicópteros, la extensión de la represa, la altura de la piedra y la longitud de la carretera son de los pocos datos precisos que se tienen del pueblo más ‘instagrameable’ de Antioquia y probablemente de Colombia.

A pesar de que no hay un blog o una aplicación de viajes que no tenga a Guatapé como una parada obligatoria para los turistas que llegan a Medellín, nadie sabe cuántos visitantes recibe en un día, en una semana o en un mes. Nadie sabe cuántos escalan la piedra, ni cuántos se toman fotos en la Calle del Recuerdo. Mucho menos se sabe cuántos van en plan familiar y cultural y cuántos van de fiesta y prostitutas. Solo se sabe que son muchos. Tantos que en los puentes festivos, en las casas de los pocos lugareños que quedan, —que tampoco se sabe a ciencia cierta cuántos son, pero sí que son cada vez menos— tienen que recoger agua lluvia porque el acueducto del municipio, que está pensado para poco más de 3.000, familias no da abasto.

La Secretaría de Turismo del municipio dice que no se anima a dar una cifra de visitantes porque sería mentir, pero sí asegura que en su pueblo el desempleo es del 0% y que el 92% de la actividad económica está relacionada directa o indirectamente con el turismo. En el departamento tampoco saben mucho porque dependen de lo que les diga el municipio. La cifra de los ingresos a la piedra podría servir para tener un estimado, pero Néstor Briceño, su administrador, no le contesta el celular a casi nadie, y mucho menos para responder esas preguntas.

En Guatapé ya no hay temporadas bajas, y a ojo de buen cubero los guías y los historiadores dicen que en promedio el pueblo recibe unas 20.000 personas un día en semana y hasta 50.000 un fin de semana. En Semana Santa, diciembre o en los primeros días de enero, el número puede alcanzar los 60.000 o 70.000, unas 10 veces más que el número de habitantes del municipio, que son casi 8.000. Esto, sin contar a los migrantes venezolanos que ya son algo más de 1.000.

Una vez cada 10 minutos despega un helicóptero desde la Piedra del Peñol. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero
Una vez cada 10 minutos despega un helicóptero desde la Piedra del Peñol. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero

A pesar de que en los últimos años en Guatapé rara vez hay menos de 20.000 personas diarias, el municipio sigue siendo de sexta categoría para el Estado. La más baja que puede tener un municipio en Colombia. De ahí, que a pesar de ser el destino “imperdible”, en su único hospital no se atiendan partos y solo haya un camión recolector de basuras y cuatro barrenderos. Con tan poquita plata no alcanza para arreglar la carretera y tampoco para pagarle a alguien que se pare en la entrada a contar cuantos turistas llegan.

Los tours

Los buses a Guatapé salen cargados de turistas locales y extranjeros desde el Parque del Poblado o la estación Estadio a las 7 de la mañana. El plan, que cuesta más o menos $100.000, incluye el almuerzo, un recorrido guiado por el parque principal y un paseo en bote por la represa. El regreso es a las 6:30 de la tarde. Ese es el plan básico, el que hacen casi todos, pero también hay, cada vez más, planes VIP, que se ofrecen en internet y en grupos de Facebook que están en ingles y que incluyen transporte privado hasta el pueblo, lancha de lujo con DJ incluido y la entrada a la piedra por $150 dólares por persona.

“¿Llevan chicas o necesitan?” Es lo primero que le preguntan estas agencias a los clientes cuando piden una cotización. Luego, preguntan por la nacionalidad de los turistas: “Hay niñas que no trabajan con colombianos”, afirman. Cada “chica” se ofrece por entre 200 y 350 dólares, dependiendo de si son “regulares” o “VIP”, y los servicios que prestan son de “working girls”, porque según la vendedora “suena mejor en inglés que en español”. Estos planes, no por ser exclusivos y clandestinos dejan de ser fotografiables. La diferencia es que los videos y las fotos que se toman allí terminan en Onlyfans o en Pornhub y no en Instagram o en Tik Tok. En lo único que se parecen los tours habituales y los de “lujo” es que en ninguno de los dos avisan que en Guatapé llueve. Llueve y llueve.

La primera inundación

 

Hasta finales de la década del 50, Guatapé fue un pueblo apacible y tranquilo, dedicado a la ganadería y a la agricultura a pequeña escala. Fue en los 60 cuando la recién creada EPM, sin hacer mucha bulla, empezó a comprar las tierras de este y otros tres municipios que serían inundadas para la represa donde se generaría la energía para abastecer a la Medellín que crecía a la par de la industrialización y que recibía desplazados por la violencia a dos manos. Ahí, en medio de enfrentamientos, huelgas y protestas en contra de la empresa, ocurrió el primer éxodo de guatapenses que en grupos de varias familias se repartieron por todo el departamento y el país.

La construcción del proyecto hidroeléctrico —el más grande de la historia del país hasta Hidroituango— duró hasta finales de los 70, y ya desde entonces se sabía que el pueblo lo tenía todo para ser un destino turístico privilegiado: el clima, la piedra, el paisaje, la navegabilidad de la represa y la posibilidad de practicar deportes acuáticos. Sin embargo, fue solo hasta la década del 2000, después de que la guerra entre guerrillas y paramilitares aislara a todo el Oriente antioqueño, que el municipio se tomó en serio lo de vivir del turismo.

Guatapé, el pueblo que se hizo viral, no está listo para tantos seguidores

La pintura y los zócalos

A los atributos naturales del municipio se le sumaron los materiales. El pueblo se volvió pintoresco, fotogénico, instgrammeable. Se pintaron las casas cercanas al parque principal, se expandió el muelle, se restauró La Calle de Los Recuerdos en honor a la historia que quedó debajo del agua, se pusieron sombrillas de colores en las calles. En los blogs de viajeros recomiendan llegar al pueblo lo más temprano posible para tomarse la foto sin que haya gente. Una sugerencia que también aparece cuando se buscan consejos para visitar la Fontana di Trevi o la Torre Eifel.

A ese plan de convertir al pueblo casi que en un filtro de Instagram, se sumó el decreto de zocalización que obligaba a todas las casas del municipio a tener un zócalo, sin importar si era en forma de mariposa, de triángulo o el logo de un banco. Pero ese decreto de los zócalos tiene sus excepciones: los edificios del barrio La Esperanza, un proyecto de Vivienda de Interés Social que empezó en el 2013 y que sigue en construcción, y donde viven hasta cuatro familias de migrantes venezolanos en un solo apartamento de menos de 70 metros cuadrados, no tienen uno.

Esos apartamentos, ubicados a apenas cinco kilómetros de la piedra, entregados en obra gris y de los que se denuncia fueron usados para pagar favores políticos, también se alquilan en Booking o en Airbnb. Una noche cualquiera de enero cuesta $350.000, lo mismo que ocho minutos en helicóptero.

La segunda inundación

 

Para cualquier día de marzo de este año en Booking aparecen 138 alojamientos disponibles en Guatapé, un municipio de 69 kilómetros cuadrados de los cuales solo uno es urbano. En Airbnb aparecen “más de 1.000” resultados. De acuerdo a la Secretaría de Turismo del municipio hay 224 alojamientos registrados: tres cada kilómetro cuadrado.Las agencias inmobiliarias viven un idilio. La valorización anual de la tierra en la última década es casi del 12%, más del doble de lo que se han valorizado las propiedades en Bogotá, Medellín, Barranquilla o Cali en los últimos años. En Guatapé no se pueden comprar lotes de menos de 3.300 metros cuadrados. Un terreno de esa extensión a orillas del embalse se vendía hace 10 años a $180 millones de pesos. Hoy vale $800 y mañana costará más.

Los terrenos que se compran para construir glampings y hoteles de lujo donde una noche de febrero cuesta más de un millón de pesos por pareja y no incluye desayuno, tienen hasta 20.000 metros de extensión que se pagan en millones de dólares. En Guatapé las montañas se llenaron de nidos y las casas están prestadas. En el pueblo de los zócalos, de las sombrillas y de las fotos ya no nacen niños y se acabaron los vecinos.

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