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MÉXICO: Vacunación a la mexicana

El Centro de Salud T-II Dr. Luis Alberto Erosa León, ubicado en la Alcaldía Milpa Alta, es uno de los 70 puntos en los cuales inició el programa de vacunación contra el virus COVID-19 para adultos mayores de 60 años en la Ciudad de México, el 15 de febrero de 2021. Las tres alcaldías en las que arrancó el programa de vacunación son Cuajimalpa, Milpa Alta y Magdalena Contreras

MÉXICO:

SERGIO AGUAYO QUESADA

Tenemos fama de ser un país desorganizado, en realidad funcionamos con otra lógica.

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Mientras hacía fila esperando la primera dosis de la vacuna AstraZeneca pensaba que en México somos una sociedad de contrastes. Como el clima: los que esperaban bajo la sombra de un árbol padecían frío y a quienes nos tocó estar en el rayo del sol nos estábamos calcinando.

Una cola mexicana. Hacía once meses que estaba enclaustrado. Cuando llegué al centro de vacunación me pusieron el número 250 en la mano izquierda; una forma sencilla de frenar a los típicos colados.

Durante las cuatro horas transcurridas constaté la fuerza de algunos rasgos distintivos de la mexicanidad. Tenemos fama de ser un país desorganizado. En realidad funcionamos con otra lógica. Aunque ya sabíamos que la espera sería prolongada e incierta, nadie iba preparado tal vez porque conocemos la solidaridad espontánea y a los vendedores ambulantes. Al poco tiempo de llegar, algunos vecinos compasivos empezaron a sacar sillas para prestarlas a los ancianos más maltratados por la vida. Cuando se acercaba la hora de la comida aparecieron los micro emprendedores ofreciendo todo tipo de vituallas.

Los más audaces desafiaron al coronavirus con la misma temeridad que a las infecciones gastrointestinales saboreando unos exquisitos tacos de canasta (institución gastronómica capitalina digna de otra crónica).

Los rifles de asalto. Estamos en una guerra contra los cárteles de la droga, un hecho que se manifiesta en el momento y circunstancias menos esperadas. Nos hemos acostumbrado a convivir con la violencia. Nadie respingó o se inquietó cuando se hicieron presentes dos guardias nacionales preparados para el combate. Portaban cascos, fusil ametralladora, pistola de nueve milímetros al alcance de la mano y chaleco blindado. Con uniforme camuflado, su prioridad era el perímetro donde las enfermeras aplicaban la preciada vacuna. Se agradecía su presencia porque algunos de los 500 cárteles que merodean por México ya encontraron una fuente de ingresos en el robo de vacunas y medicamentos.

La lucha por el poder. México está en efervescencia porque está reconstruyendo –de manera un tanto caótica– su sistema político. El presidente, Andrés Manuel López Obrador, ha creado un grupo llamado Servidores de la Nación: son 23.000 personas que recorren el país distribuyendo ayudas a los más necesitados como forma de difundir el nebuloso evangelio de la Cuarta Transformación y la generosidad del presidente. Los servidores fueron adosados a la campaña nacional de vacunación y en Campeche, un Estado gobernado por un partido opositor, tomaron el control de la operación. Lo esperable es que hicieran lo mismo en la capital donde gobierna Claudia Sheinbaum, de Morena, el partido del presidente. Estaba equivocado.

En las cuatro horas que hice cola pude observar el sutil forcejeo entre los de chaleco verde, empleados por el Gobierno capitalino, y los de chaleco guinda, los servidores del presidente. Ganaron los verdes porque además de controlar el proceso se ganaron el agradecimiento por su empatía hacia quienes hacíamos la cola. Cuando arreciaba el sol sacaron sillas para sentar a los ancianos.

La pausa chilanga. Los capitalinos nos hemos ganado a pulso la fama de gruñones y criticones (algunos encuestadores toman en cuenta ese factor cuando interpretan los resultados de algún levantamiento). Había algunas críticas, por supuesto, pero teníamos claridad que México es cómo es y que nuestra única alternativa era sobrellevar las horas y vacunarnos.

Volví a mi encierro pensando que somos una sociedad de claroscuros, criticamos sin miramientos lo que nos molesta y reconocemos lo que está bien hecho. Necesitamos un guardia armado para evitar que alguien se robe una vacuna y somos, al mismo tiempo, capaces de compartir la sombra de un paraguas para no derretirnos mientras aguardamos, esperanzados, una vacuna que acabe pronto con una pesadilla que también hemos compartido.

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