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La influyente científica rusa que le apostó a Colombia

Elena Stashenko aterrizó una tarde de 1982 en el aeropuerto Palonegro, que sirve a la ciudad de Bucaramanga, Santander, con ansias de demostrar que la ciencia se puede hacer en cualquier lado.

TOMADA DE: eltiempo.com/

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Y justamente por su aporte a la investigación de plantas desde la dirección del Centro Nacional de Investigaciones para la Agroindustrialización de Especies Vegetales Aromáticas y Medicinales Tropicales de la Universidad Industrial de Santander (cenivam), ha sido reconocida durante más de tres años consecutivos como una de las 60 mujeres más influyentes de la ciencia según la revista científica Analytical Scientist.

E incluso se enfrentó con la industria farmacéutica -sin buscarlo- y sentó un precedente con el ‘caso Dololed’ donde desenmascaró la falsa proveniencia natural de este medicamento.

Elena nació y creció en Moscú, Rusia, en donde estudió química en la universidad Druzhby Narodov donde también hizo un doctorado en ciencias físico químicas naturales. Ella quería seguir los pasos de su mamá, una química que dirigía un importante laboratorio en la Unión Soviética (como en ese momento se llamaba).

Como hija única creció viendo a su mamá desarrollar grandes proyectos científicos mientras ella era una patinadora sobre hielo de velocidad y amante de los animales.

Cuando era niña hacía tareas al lado de Marx, su perro por el que inició el amor por el mundo de la naturaleza.

En la universidad conoció a un colombiano con el que se casó y por el que terminó viviendo en Bucaramanga.

Llegó sin saber nada de español, pero con el reto de demostrar que no importa el país ni el idioma que se hable, que en cualquier lugar se puede hacer ciencia.

En los ochentas la palabra internet no se escuchaba aún, así que la literatura latinoamericana era la única ventana que Elena tenía hacia Colombia, de hecho, uno de sus autores preferidos es Gabriel García Marquez y su emblemática obra: 100 años de soledad.

“Colombia entró en mi vida a través de los libros, el realismo mágico de Gabriel García Marquez acaparó todas las mentes en Rusia entonces los primeros idiomas a los que fue traducido fue Ruso. Fue un canal de apertura a este mundo tropical tan diferente”, cuenta Elena.

Contra las opiniones de sus amigos y familiares quienes se oponían a que ella viviera en Colombia, Elena empacó sus maletas y viajó.

“Mis amigos me decían que si estaba loca yéndome a vivir a Colombia pudiendo estar en Rusia donde había más avances tecnológicos para mi trabajo”, cuenta Elena con su acento ruso.

Aunque sí era evidente la falta de laboratorios y la tecnología en esa época en Colombia, Elena tenía claro que para la ciencia no hay limitaciones.

“Yo no hablo de desarrollo, yo hablo de que uno es doctor en vivir en cada ambiente, por ejemplo, un campesino sabe tanto de la naturaleza que aunque tú tengas un doctorado en física quedas como cero porque no sobrevivirías en este ambiente”, dice Elena cuando explica cómo se sintió cuando aterrizó en Colombia.

Y es que le sorprendieron varias cosas del país, sobre todo las costumbres familiares. “Allá éramos mi papá, mi mamá y yo, acá son numerosas las familias, los hermanos se parecen entre sí, son como duplicados, la gente es muy espontánea y pregunta sin pensar dos veces”, relata Elena entre risas.

Me dijo que yo por qué me había venido si acá (en Colombia) no se puede hacer ciencia y ahí me dije -voy a demostrarle que sí- y lo estamos logrando

Elena tenía claro que quería desarrollar su profesión en Colombia, un país donde el potencial era altísimo por su gran variedad en naturaleza.

Sin embargo, no hablaba el idioma así que decidió comprar en español los libros de literatura clásica que se leía una y otra vez en ruso y comenzó a leerlos para aprender a hablar español y así lo logró.

“Al principio fue muy difícil, yo leía los libros clásicos que me sabía casi de memoria, los leía en español y me acordaba. Eso fue en el 82 que no teníamos a la mano un diccionario. Me tocaba casi que adivinando”, dice Elena.

El proceso de aprender español aceleró un año después de aterrizar en Colombia cuando entró a la UIS como docente de algunas cátedras y desde entonces sigue vinculada con la Universidad donde cumplirá 40 años de trabajo.

A Elena siempre se le ve positiva, le gusta ver el vaso medio lleno y así vio a Colombia cuando llegó y comenzó a trabajar.

“Yo no sé por qué la gente no ve en Colombia todas las posibilidades de un mundo para investigar. Colombia entró en mi alma a través de cosas maravillosas, es un abanico de posibilidades”, dice.

En su robusta y exitosa carrera se ha encontrado con diferentes personalidades y profesionales, pero ella no olvida a uno de sus primeros estudiantes que sin pensarlo se convertiría en un móvil para retarse.

“Me dijo que yo por qué me había venido si acá (en Colombia) no se puede hacer ciencia y ahí me dije -voy a demostrarle que sí- y lo estamos logrando”, dice Elena mientras se ríe.

El conocimiento, la motivación y la pasión mueven a esta científica de ojos azules entrañables. “La ciencia está basada en la curiosidad. Es siempre apuntarle al por qué de las cosas y lo hemos perdido mucho, a la gente le falta despertar la llama”, dice.

Esta científica y docente de pregrado y doctorado en química busca enamorar a sus estudiantes de toda la diversidad que ofrecen las plantas para la ciencia y qué mejor forma de hacerlo que dictar clases en medio de un paraíso verde que ha construido.

Sus laboratorios son un bosque. Su centro de investigaciones está ubicado en un costado de la UIS y alrededor de las salas de investigación donde albergan los equipos de última tecnología hay senderos ecológicos, fuentes y su salón de clases, un pequeño espacio con paredes de enredaderas, con no más de 20 sillas, un tablero y un oso de peluche gigante con bata blanca.

Es allí, en el Centro de Investigaciones de la UIS donde ‘nace la magia’.

Elena se ha convertido en un referente a nivel mundial por la investigación que hace de la naturaleza. Desde el laboratorio que dirige, “descubrimos de qué está hecha la naturaleza. Vamos hacia adentro para descubrirlo y obtener productos que beneficien a la comunidad”, describe.

Justamente en su diaria búsqueda de la verdad de los componentes naturales, llegó un ciudadano al laboratorio con una caja de pastillas de Dololed del laboratorio Pronabella, en el año 2019.

La descripción del empaque decía que eran 100% naturales, hechas a base de caléndula, sin embargo, el paciente presentó unos síntomas de alergia.

En el análisis que hizo Elena encontraron que esta pastilla tenía un alto porcentaje de diclofenaco y no era solo caléndula como la comercializaban.

“Nunca lo buscamos. Acá tenemos un laboratorio de servicio y realmente sin buscar llegó una muestra del fármaco y esto es pura curiosidad científica”, cuenta.

Una vez encontraron la concentración en la primera píldora hicieron un estudio comprando pastillas en varias droguerías de la ciudad y encontraron que todos los medicamentos tenían diclofenaco.

Estos resultados tuvieron gran impacto e incluso la superintendencia de Industria y Comercio abrió una investigación que podría terminar en una cuantiosa multa contra el laboratorio quien en 2020 anunció que paró la producción del medicamento.

Pero para Elena esto no paró allí, “mi duda científica me llevó a que después de varios meses hiciéramos análisis del medicamento en varias ciudades del país y efectivamente encontramos que todos los datos eran iguales”, cuenta Stashenko.

Elena y la universidad debieron enfrentar una batalla judicial con el laboratorio quienes alegaban en los juzgados que “la universidad no entregó información sobre financiación del estudio y tecnologías de los equipos con los que se efectuaron los análisis”, sin embargo, el proceso lo ganó la UIS y la científica.

Sus clases son obras de teatro
Hay algo que Elena disfruta más que hallar componentes diferenciales en las plantas y es ser docente.

Cuando Elena va a preparar una clase se acuerda de sus profesores de la universidad, ellos fueron los responsables de sembrar en ella el deseo de adquirir conocimiento, de sentir la necesidad de responder las dudas y de querer preguntarse diariamente más sobre las plantas que explora en el laboratorio.

Para Elena cada clase es como una obra de teatro con espectadores, actores e historia.

“El director es el profesor. Es vital el rol del profesor, es un motor emocional, es prender el interés del estudiante”, relata.

Y es que Elena incluso hizo estudios de diseño gráfico para poder transformar los largos y densos textos en gráficos en infografías que llamaran la atención de los estudiantes y les despertara el amor por la ciencia.

El conocimiento es el vehículo que Elena utiliza para alcanzar los objetivos en sus investigaciones. Diariamente, sea a hora que sea, ella llega a leer al menos una hora de algún tema que no esté relacionado con su trabajo, sus preferidos son arte e historia

Para ella es indispensable saber siempre de todos los temas para poder hacer analogías que le permitan profundizar en lo que es especialista, “hasta en mis clases siempre les incrusto conocimiento sobre otros campos porque el conocimiento es uno solo y es muy importante saber de otros campos y eso te ayuda a ser experto en tu campo”, dice.

La ciencia en Colombia
La mentalidad influye para todo, Elena ha encontrado que en Colombia falta mucha programación por parte de los estudiantes.

“De donde vengo tenemos que programarnos porque lo que siembras hoy tiene que estar listo antes del invierno sino no dura, mientras que acá vivimos del día a día, no hay necesidad de programarnos y eso a veces es negativo en la ciencia donde hay que esperar un resultado y hay que repetir experimentos hasta afinar todo”, explica.

En países europeos no se encontraba música a todo volumen en un laboratorio, hecho que sí le pasa en Colombia y que para ella esto no va de la mano con la concentración necesaria en la ciencia.

“Quieren concentrarse, mirar las cifras, confrontarlas pero entra uno al laboratorio y tienen esa música a todo volumen y ese ritmo no va en pesar una muestra, en concentrarse en un experimento, son detallitos pero que influyen, hace parte de la cultura pero esas cosas distraen muy fácil”, cuenta Elena.

Y agrega, “esto toma tiempo, a mí me costó 30 años construir todo esto pero acá la gente se desespera muy fácil y lo que hacen es decir que acá no se puede hacer ciencia pero uno puede construir en cualquier ambiente”.

Para Elena en Colombia la clave está en la cooperación entre profesionales, “acá es más lento porque hay menos recursos pero hay que unirse, hacer trabajo colectivo y construir. No tenemos un nivel de desarrollo donde cada uno puede ir haciendo su trabajo”.

Cuando ella llegó en el año 82 evidenció que pocas mujeres ocupaban cargos importantes, pocas estaban vinculadas a la ciencia y debió enfrentarse a un mundo donde los hombres eran los que dominaban la materia.

Mientras que después de la Segunda Guerra Mundial, en la Unión Soviética el desbalance de mujeres y hombres eran evidentes por lo que la mayoría eran mujeres, incluso, las directoras de colegios y médicos eran mujeres.

“Yo vengo de un país donde no existía esto, entonces para mí eramos iguales los hombres y mujeres y como vengo aquí no tenía en mi cabeza que los hombres eran superiores que uno entonces simplemente en mi mente siempre fui una jugadora en las mismas condiciones y proyectaba cierta masculinidad (…) yo creo que todavía los hombres me tienen miedo”, dice elena mientras sonríe.

Elena va una vez al año a Rusia, excepto en 2020 por la pandemia, le gusta caminar por las frías calles de Moscú, ir al teatro y a los conservatorios pero no se ve viviendo de nuevo allí.

“Tengo como dos vidas, una la de Elena de allá y otra totalmente diferente acá. Es como si dos personas vivieran en mí.

MARÍA ALEJANDRA RODRÍGUEZ

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