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Vida

‘La incredulidad en el covid-19 casi acaba con mi vida y la del bebé’

Yinna Moreno dio positivo para coronavirus a los siete meses de embarazo. Dice que la esperanza de conocer a su bebé la sacó de la UCI. Foto: Néstor Gómez / EL TIEMPO

Yina Moreno, una madre que venció a la enfermedad y salió de la UCI para conocer a su recién nacido.

Por: Diana Milena Ravelo Méndez

En griego, Nicolás significa: ‘la victoria del pueblo’, razón por la que para Yina Moreno su hijo recién nacido no pudo tener mejor nombre. Desde antes de nacer, ya estaba librando junto a ella una batalla entre la vida y la muerte. Madre e hijo se convirtieron en el primer caso de gestante en alto riesgo de muerte por covid-19 de la Clínica Cafam de Bogotá, un cuadro clínico que parecía sacado de uno de esos artículos de literatura médica donde se documentaba lo que se vivía por la pandemia en otros países. Ya no era una realidad lejana. Era tal la gravedad de su salud que los médicos tuvieron que, como dice ella, “sacar el bebé de urgencia”.

Antes de presentar síntomas, para Yina eso del coronavirus era un mito. Había escuchado sobre él, pero jamás había sabido de alguien que lo hubiera padecido. Reconocía los síntomas, pero ningún conocido confirmaba haberlos sentido. Por eso, aunque inicialmente acató las medidas de confinamiento junto a su hija y su esposo, con el paso de la semanas empezó a salir de casa y a relajarse pese a las advertencias; al fin y al cabo, lo del covid-19 se sentía como una de esas historias que uno ve en la televisión y cree que nunca le va a tocar.

Sin embargo, esa pesadilla la alcanzó a mediados de julio. Empezó con una sensación constante de cansancio, tos y pérdida del olfato y el gusto. Con los días apareció la fiebre, la dificultad para caminar, la falta de apetito y problemas leves de respiración. Ante la persistencia del malestar, el 8 de julio fue al hospital.

En admisiones le hicieron el interrogatorio por sospecha de contagio y al presentarse una alta probabilidad se activó el código especial intrahospitalario que contempla el aislamiento para todo el personal y la limpieza y desinfección de las rutas de traslado y los sitios de atención. La valoración médica argumentó una alta sospecha de infección del virus, pero sin compromiso inicial. Se le tomó la prueba de Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR) en hisopado nasofaríngeo y se le dio el alta médica con recomendaciones de aislamiento en casa.

Con los días su deterioro continuó, hasta que la desesperante sensación de ahogo no la dejó en paz y por eso el 12 de julio, fecha en la que cumplía siete meses de embarazo, salió de urgencias al centro de salud. A diferencia de la primera vez, esta vez sí había compromiso general y pulmonar por signos de hipoxia (baja concentración del oxígeno en sangre), situación que hizo inminente la hospitalización inmediata en UCI. Ese día los médicos le confirmaron que era positiva para coronavirus.

La incertidumbre de no despertar

La insuficiencia pulmonar era tan aguda que se debía terminar el embarazo de manera urgente. “Llegamos a las dosis más altas de medicamentos y recurrimos a todo sin ver grandes mejoras, era frustrante. Cuando le explicamos a Yina la necesidad de realizar la cesárea de urgencia, que su recién nacido estaría en riesgo y había posibilidad de que no pudiera salir adelante por la prematurez, fue un momento muy difícil ”, asegura la doctora Diana Patricia Parrado, gestora de Ginecoobstétricos Hospitalarios de Cafam.

Parrado dice que aún recuerda todas las complicaciones de la situación, pues además de los problemas respiratorios a causa del covid-19, un embarazo exige fisiológicamente más oxígeno circulante y en el tercer trimestre de gestación el útero grande causa dificultad para lograr una adecuada respiración. Es decir: el sistema pulmonar de la paciente ya estaba trabajando al límite de sus capacidades y volúmenes. Además, estaba el sobrepeso materno, que implicaba más restricciones y limitaba la respuesta ante una terapia con ventilador.

Del 13 y 14 de julio, Yina afirma que no es mucho lo que recuerda. Solo sabe que ese último día su hermana cumplía años; por eso, junto a las enfermeras, le cantaron. Esa madrugada, horas previas a la operación, sintió que el miedo se adueñaba de ella. Repentinamente despertó en su interior la urgencia por despedirse de todas las personas que amaba. “Esa madrugada les escribí a todos despidiéndome, pensaba en que eran tantos muertos a mi alrededor y las cifras decían que las personas gorditas siempre morían. Yo con mi bebé pesaba 107 kilos, tenía todas las de perder”, recuerda.

Al llegar el 15 de julio, día en el que estaba programada la intervención, fue como si la UCI se hubiera puesto en pausa minutos previos a la intervención. En medio de la agitación, ahora a ella la inundaba un silencio interior armonizado con las voces de un grupo de médicos que estaban reunidos frente a su puerta calculando el paso a paso de lo que harían para salvarlos.

“Nos tocó recurrir a la pronación intermitente, que es colocar boca abajo a los pacientes intubados con el fin de poder lograr mejorar la oxigenación dado el compromiso pulmonar.”, explica la doctora Diana Patricia Parrado .

Repentinamente, el tiempo se descongeló y todos empezaron a correr. Yina se sentía como en una de esas películas donde en medio de la confusión los médicos salen a velocidad de maratón hacia la sala de cirugías.

De ahí en adelante todo es confuso. Sabe que gritó con desespero a un enfermero pidiendo que no le soltara la mano, se aferró a él como si eso la ayudara a no soltarse de la vida misma. También le imploró con desespero que no la dejara sola en ningún momento. Cuidó de ella como si se tratara de un ángel de la guarda.

Allí, en esa sala de cirugías, experimentó una de las sensaciones más indescriptibles de su existencia: el sentimiento sublime que la embargó cuando escuchó llorar tres veces a su bebé.  Estaba respirando y ante la posibilidad de que alguno de los dos no sobreviviera, se prometió grabarse ese sonido para siempre.

“Después de eso me taparon la cara. Es como si me hubieran apagado. Lo sucedido esos días para mí aún sigue siendo un misterio que he ido despejando con lo que me cuentan mi esposo y mis hermanos”.

Abrir los ojos a una nueva vida

-¿Cuándo despertó?
-Abrí de nuevo mis ojos el dos de agosto (el 12 de julio entró a la UCI). Lo sé porque fue lo primero que vi en las batas de los doctores a mi alrededor. Tenían la fecha anotada en los trajes, si no, no lo sabría.

Secuelas del covid-19

Foto:  Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

Ese día fue como si hubiera vuelto a nacer. Una segunda oportunidad que, admite, no habría sido posible sin el profesionalismo del cuerpo médico y sin las plegarias de familiares, amigos, compañeros del trabajo y hasta desconocidos que, al escuchar su historia, se unieron a una novena religiosa por la recuperación de ella y hasta le enviaron regalos para su hijo.

Después de tantas lágrimas, ahora bromea con lo que sucedió durante sus días de recuperación. Por ejemplo, le parece absurdo que sus primeras palabras al despertar hayan sido “tengo mucha hambre”. Anécdota que cuenta entre risas, pues cree que lo más lógico era haber preguntado por el bebé y su salud.

Fueron más de veinte días sin ver o abrazar al pequeño Nicolás. Tiempo en el que su hermana Diana le sirvió de mamá canguro. Vio por primera vez a su bebé a través de un video que le mostraron las enfermeras, las mismas que para subirle el ánimo le llenaron el vidrio del cuarto con fotos del recién nacido para que agarrara fuerza y saliera de ahí.

Poco a poco los médicos empezaron a disminuir los parámetros del ventilador y los medicamentos, hasta que se lo retiraron del todo tras aproximadamente 15 días de condición crítica en UCI. Ante la mejoría, pasó a piso y posteriormente logró continuar la hospitalización en su vivienda.

Su salida ese 6 de agosto fue una celebración colectiva. Entre los trabajadores de la clínica organizaron una calle de honor donde la llenaron de aplausos y palabras de ánimo. “Me alentaban a seguir adelante, a cumplir mis sueños, a valorar esa segunda oportunidad que tuvimos con mi hijo y a esperar con expectativa el alta de mi bebé, que llegó a casa tres días después”.

Ya puede caminar sin que le tiemblen las piernas, pero ahora lucha por recuperar su memoria al ciento por ciento y espera normalizar su voz, pues quedó afónica consecuencia de la doble intubación. Nicolás también avanza en su proceso; aunque ya está con su familia, todavía necesita oxígeno. Con todo y eso, Yina se siente afortunada: las secuelas que ha tenido, frente a la gravedad de su caso, son insignificantes. Ella y su hijo están sanos y vivos de milagro.

No ve lo que vivió como algo que deba recordar con tristeza. Cuando el bebé crezca espera contarle, con emoción, que fue famoso desde pequeño y que su amor era tan poderoso que la levantó de una cama de hospital con tan solo escuchar su primer llanto. “Fue nuestra primera victoria, los dos salimos positivos y ahora estamos del otro lado”.

DIANA MILENA RAVELO MÉNDEZ
REPORTAJES MULTIMEDIATwitter: @DianaRaveloIG: DianaRaveloM

 

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