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Campesinos usan la técnica ancestral Zenú para adaptarse al cambio climático

Campesinos usan la técnica ancestral Zenú para adaptarse al cambio climático

NIDIA SERRANO M.

El proyecto se adelanta en el municipio de Purísima, Córdoba, donde 25 familias recibieron 6 hectáreas de tierra en comodato.

TOMADA DE:eluniversal.com.co

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El Sheinú, país mágico de las aguas, como traduce el lenguaje de los indígenas zenúes, no es un mito. Sin importar si es verano o invierno, una comunidad campesina, ubicada en el municipio de Purísima, a 70 kilómetros de la capital de Córdoba, se apropió de los saberes ancestrales para vencer las amenazas que implican el cambio climático.

Rememoraron cómo hacían los primeros habitantes para cultivar durante todas las épocas del año y tener seguridad alimentaria. No era nada distinto a la construcción de unos sofisticados sistemas de camellones, que canalizaban, drenaban y conectaban, para poder amortiguar las aguas en épocas intensas de lluvia y retenerla en época de sequía.

Esa misma técnica la están aplicando en seis hectáreas de tierra, entregadas en comodato a 25 familias campesinas, que forman parte de la Asociación de Productores, Pescadores, Agricultores y Artesanos Agroecológicos de Purísima, Apropapur, quienes construyeron, con sus propias manos, a pico y pala, los canales de tierra, ubicados entre el sistema de estanques de agua de la Ciénaga Grande de Lorica.

En otras latitudes del mundo han hecho experimentos similares. En El Beni, pleno corazón de la Amazonía boliviana, pusieron en práctica los sistemas utilizados por los pueblos precolombinos, que vivieron en ese lugar entre el año 1000 antes de Cristo y el año 1400.

El Sinú, su gran sustento

Para Juan Coneo Tovar, un licenciado en Educación Artística, con énfasis en música, no fue fácil dejar su clarinete para convertirse en el gestor de desarrollo gerencial del proyecto. Sin embargo, salir de Bogotá, ciudad en la que vivía, y volver al campo por una apuesta, que en 1997 parecía incierta, es lo que ha dado un real sentido a su vida.

Desde niño vio que el sustento de su casa estaba basado en la agricultura y la pesca, pero con el paso de los años, especialmente luego de la construcción de la Central Hidroeléctrica de Urrá, en 1993 y la entrada en operación el 15 de febrero del 2000, esa realidad empezó a cambiar. La única presa de la región Caribe para la producción de energía, localizada en el Nudo del Paramillo, en el municipio de Tierralta, Córdoba, generó una vida llena de incertidumbres.

Según el historiador cordobés Víctor Negrete Barrera, el río Sinú recorre 350 kilómetros, desde su nacimiento hasta su desembocadura, y lo que antes era una fuente de alimentos inagotable, con el tiempo se convirtió en un vago recuerdo. Los más ancianos del grupo de Agropapur señalan que años atrás solo bastaba tirar una atarraya para sacar ejemplares de hasta seis kilos de pesos, pero que luego les quitaron esa posibilidad, así como la de cultivar, pues tampoco podían adivinar cuándo sería la mejor época para hacerlo, toda vez que dependían de la puesta en funcionamiento de las cuatro turbinas que tiene la hidroeléctrica y eso aumenta o disminuye el nivel de las aguas.

Esa realidad los obligó a reinventarse y a descubrir que, si replanteaban las actividades de subsistencia, podrían sobrevivir. Fue entonces cuando decidieron utilizar la técnica de los indígenas de la etnia Zenú para lograr la seguridad alimentaria. Eso implicaba, además de hacer terraplenes, evitar el uso de químicos, producir alimentos alternativos para peces con materia vegetal, garantizar el proceso natural de siembra y mejor aún, eso los obligó a querer la naturaleza.

“Las hojas de matarratón y moringa son el principal insumo para la elaboración del alimento que usamos para los peces, luego de tostarlas y pasarlas por el molino, las convertimos en harina”, dice Juan con orgullo, mientras muestra los tanques llenos de la producción que guardan celosamente, en una de las tres casas de palma que han levantado en esa parte de los terrenos baldíos, que les entregó la Alcaldía de Purísima, para la producción de sus alimentos y para la conservación de los ecosistemas de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú.

Justamente ese espejo de agua que, según la Corporación de los Valles del Sinú y San Jorge, CVS, tiene 214 mil hectáreas, antes abarcaba a los municipios de Chimá, Lorica, Momil, Ciénaga de Oro, San Pelayo y Purísima, ha sufrido múltiples afectaciones por la mano depredadora del hombre. Los terratenientes se han ido apropiando del humedal y se han generado grandes deterioros por la ganadería extensiva, recita sin parar Juan Coneo, como si se tratara de una lección bien aprendida.

Trabajo colectivo

Se han organizado de tal forma que, aunque viven en la cabecera municipal de Lorica, todos los días hombres, mujeres, ancianos y jóvenes, van a regar los cultivos, a cuidar los peces, a procesar los alimentos y a desmontar con sus propias manos.

El 40 % de los integrantes de la asociación son jóvenes entre los 14 y 28 años y eso, a juicio de sus creadores, se convierte en una garantía de permanencia en el lugar, que les ha cambiado significativamente la vida y que se ha convertido en un laboratorio de aprendizaje.

Ese sistema de adaptación al cambio climático, con miras a mitigar el impacto ambiental del humedal, ha tenido múltiples reconocimientos. En 2020 fueron los ganadores del concurso A Ciencia Cierta, del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación en la categoría de «Vínculos para el desarrollo sostenible».

También ganaron, en 2021, el primer puesto en los premios Gemas, que reconoce el desempeño de personas y organizaciones, que contribuyen al mejoramiento, aprovechamiento y conservación de estrategias para un medio ambiente sostenible.

Los premios y reconocimientos, a juicio de Coneo, han servido para conseguir alianzas estratégicas que les permitan seguir consolidando ese sueño, que reverdeció como las plantas nativas en el lugar y que dio vida a especies que estaban en vía de extinción.

“Eso ha llegado por añadidura, pues lo importante es que hemos logrado crear conciencia en los campesinos en torno al cuidado de la naturaleza y a la colaboración”, dice mientras repite una y otra vez los términos técnicos que ha aprendido a lo largo de los últimos años.

Lo mejor de todo ha sido que también aplican la técnica del trueque, como hacía la comunidad Zenú, es decir, no todos cultivan lo mismo, pero todos pueden comer plátano, mango, papayas, melones, ahuyamas, fríjol, yuca, maíz, popoche, berenjena, habichuela y coco, entre otras, porque lo que no tiene uno, lo tiene el otro. De esa manera generan una soberanía alimentaria, propia de los pueblos indígenas.

Ese sueño que en 1997 inició un grupo de pescadores y agricultores, analfabetas en su mayoría, los ha hecho reconocer su realidad. Ya no pescan róbalos de cinco o seis kilos de peso, como en el pasado, pero ahora tienen producción todo el año. También han visto como una zona árida dio paso a un bosque encantado, con miles de abejas nativas de la zona, que adelantan un proceso de polinización natural, riegan semillas y garantizan que haya más diversidad.

Ese país mágico de las aguas, cobró vida y se convirtió en la única posibilidad de subsistencia de un grupo de campesinos que, como Juan, utilizan sus manos para que la naturaleza les devuelva lo que ellos necesitan para vivir.

 

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