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Vida

Tras 25 años viviendo en la calle, hombre se reencontró con su familia gracias al coronavirus

Debido al temor que generó la enfermedad, Nicolás fue llevado a un albergue para evitar el contagio. Allí se reconcilió con su pasado y se transformó.

Noticiascaracol.com /

La calle fue por más de 25 años la compañera fiel de Nicolás Cardona, un hombre que cayó en las drogas y que no solo perdió los dientes, sino a su familia.

TOMADO DE: noticiascaracol.comNoticias Caracol (@NoticiasCaracol) | Twitter

“Ponía las espumitas y descansaba yo solito y guardaba las cositas que me conseguía en el reciclaje”, cuenta.

Recuerda el lugar en el que durmió la mayor parte de su vida. En la pared del puente hay una cruz, la cual puso en caso de que muriera y no tuviera un entierro.

“Es un hombre bueno, su nobleza es de admirar y nosotros todo el tiempo pendiente de él. Todos los muchachos vemos que hay gente que tiene mucho para dar”, destaca Santiago Montoya, alcalde de Sabaneta.

El coronavirus fue el motivo para recuperar su vida, porque debido al temor que generó la enfermedad en el municipio de Sabaneta, Nicolás fue llevado a un albergue para evitar el contagio. Allí se reconcilió con su pasado y se transformó.

“Primero hicimos un proceso de resocialización y resignificación del ser, luego hicimos el gran encuentro con la familia, para que sintiera esa motivación, que sintiera el apoyo de la familia para poder generar en él esa expectativa”, explica Juan Esteban Ramírez, psicólogo.

Se puso su mejor atuendo, agarró su tapabocas y se alistó para la cita que cuadró con su pasado. Había llegado el momento de darle la cara a quienes lo extrañaron por más de dos décadas.

“Es un milagro para mí y fue gracias a personas que Dios le pone a uno en el camino”, dice Nicolás.

Su familia estaba más ansiosa que nunca. Contaban los minutos para ver a aquel hermano y tío que, huyéndole al COVID-19, terminó dándoles el momento más esperado de sus vidas.

Las palabras sobraban. El tapabocas impedía ver con claridad la alegría del momento, pero los gestos eran más dicientes que un te quiero.

“Eso es mucha felicidad pa’ mí, ya sé que tengo que acostumbrarme a una nueva vida. Ya prácticamente a estrenar cerebro porque ya lo pasado ni quiero recordarlo”, manifiesta Nicolás lleno de felicidad.

Asegura que no queda nada del hombre barbado y triste que dejó huella en aquel puente. Mira con su familia al cielo una y otra vez.

Las caras de satisfacción son evidentes, agradecen y después cierran la puerta porque saben que este capítulo amargo de sus vidas, ya lo mató el coronavirus.

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