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Los parques acuáticos del Aburrá ahora solo reciben a la soledad

POR GUSTAVO OSPINA ZAPATA |

El cuerpo pide sol, agua y bronceo, y en el Valle de Aburrá, donde no hay mar, el territorio es generoso en riqueza hídrica. Barbosa, Envigado y Caldas, por poner ejemplos.

TOMADO DE: elcolombiano.comAntioquia - Medellín | El Colombiano, noticias.

Además, el territorio cuenta con cuatro emblemáticos parques recreativos acuáticos en el Aburrá, que también ofrecen espacio verde para el descanso familiar; pero estos fueron, junto a discotecas y bares, los primeros que cerraron por la pandemia de la covid-19. Ya son cinco meses que ajustan estos escenarios sin abrir. Se trata del parque Las Ballenitas (en Copacabana), Las Aguas (en Girardota), Juan Pablo II (en Guayabal) y Ditaires (Itagüí).

Los parques acuáticos del Aburrá ahora solo reciben a la soledad

Juntos, en estos cinco meses, han dejado de recibir cerca de 1’400.000 visitantes, según sus directivos, pese a lo cual su personal sigue laborando en el mantenimiento.

Las gerencias consideran que dejar los sitios en abandono podría generar altos costos en materia de recuperación posterior; sin embargo, al preguntarles por esos valores, indicaron no tener el cálculo aproximado, teniendo en cuenta que ni siquiera saben cuándo terminará el cierre.

Los parques acuáticos del Aburrá ahora solo reciben a la soledad

Dice Luis Felipe Builes, responsable de Viajes y Recreación de Comfama, que “los parques son lugares ideales para la salud mental de las personas, por el contacto con la naturaleza y la posibilidad de compartir en familia”. La paradoja es que pueden ser los últimos en reabrir debido a que se deben evitar aglomeraciones.

En los recuadros mostramos la situación actual de estos lugares.

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CONTEXTO DE LA NOTICIA

En las 17 hectáreas del Parque de las Aguas, cuando se dé la orden de reapertura, la diversión será mejor que la que los ciudadanos disfrutaron hasta marzo, cuando vino el cierre. Así lo promete Juan David Palacio, director del Área Metropolitana, entidad dueña del escenario, inaugurado en 1997 en Girardota y convertido en poco tiempo en uno de los lugares preferidos para el descanso del Valle de Aburrá y del departamento. La promesa de Palacio tiene sustento en hechos concretos: el parque, desde antes de la pandemia, estaba incluido en el Plan de Gestión Futuro Sostenible de la entidad para el periodo 2020-2023. La intención es convertirlo en un parque no solo enfocado a generar utilidad social, como ha sido tradicional, sino también económica. Esto porque, aunque los usuarios pagan por cada ingreso $14.000 (o $7.000 niños más bajos de 1,20 m), gran parte de la gente asiste con pases de cortesía. “Sobre esas boletas que se reparten a organizaciones y a grupos sociales no ha habido control y no se sabe qué ocurre con ellas”, dice Palacio. En los días de cierre, el parque ha dejado de recibir ingresos cercanos a los $2.500 millones, dado que su promedio de visitantes/día oscila entre los 6.000 y 9.000 con ingresos promedio de $500 millones/mes. Palacio explica que el parque funciona a través de contratos de prestación de servicios, como vigilancia, alimentación, operación y mantenimiento, pero la mayoría no están vigentes por el cierre. Sin embargo, como el deterioro se hizo notable al inicio, actualmente se ejecuta un contrato de mantenimiento por $1.500 millones. Incluye la recuperación de las piscinas (hay una de olas), toboganes, el río lento y las zonas verdes. “Si no hacemos esto, después todo sale más costoso”, apunta. El plan incluye anexar una parte del CAV (Centro de Atención y Valoración de Fauna Silvestre, donde se recuperan los animales rescatados para luego ser liberados), que está aledaño al Parque, solo separado por una canalización. “Ese espacio tiene 7 hectáreas, pero se conectaría solo una parte para hacer pedagogía sobre el respeto por la fauna”. Palacio opina que incluso sin usar las zonas acuáticas, el parque podría abrirse para disfrute de los espacios verdes, pues hay kioscos y casetas donde las familias podrían disfrutar un solaz en medio del estrés de la cuarentena.

Construido en los primeros años de la década del 70, el parque recreativo Las Ballenitas, en Copacabana, es uno de los más tradicionales de la subregión. Dice Juan Felipe Builes, responsable de Viajes y Recreación de Comfama (caja de compensación dueña del sitio), que “este es el parque del que todos tenemos la foto de la infancia”. Ubicado en la calurosa zona norte del Valle de Aburrá, es real que este fue el parque acuático preferido durante casi dos décadas, pues los demás reseñados en esta nota empezaron a funcionar a finales del siglo XX. Nunca en la historia el sitio se había cerrado tanto tiempo, pues si bien al escenario se le han hecho reformas y mejoras, la función de recrear a los ciudadanos no ha parado. En estos cinco meses largos de pandemia, Las Ballenitas ha dejado de recibir más de 400 mil visitantes (80.000 es el promedio mensual), teniendo en cuenta que en 2019 disfrutaron de sus atracciones más de 900.000 visitantes del total de 3’200.000 que asistieron a los diez parques similares que tiene Comfama en Antioquia. “Los costos del mantenimiento en todo este tiempo los tiene que asumir la caja de compensación. En todos los servicios que prestamos, operamos con el número mínimo de empleados que pueden estar, por temas de bioseguridad”, explica el directivo. El parque opera normalmente con 130 personas, pero durante el cierre laboran entre 15 y 20. Este personal se encarga del mantenimiento de las piscinas, las atracciones mecánicas (cuenta incluso con carros chocones, toboganes y kioscos), los jardines y la naturaleza como tal. “Si no se hace ese trabajo, después todo sería mucho más complejo”, dice Builes. Por ser un centro recreativo de una caja de compensación familiar, funciona preferencialmente para afiliados, que dependiendo de su condición económica o estrato pagan tarifas diferenciales. Las más bajas de $2.100 y las más altas de $13.700. Builes dice que cuando se dé la orden de iniciar, el parque estará listo para ser uno de los centros preferidos de los antioqueños para disfrutar de agua y diversión los fines de semana, aunque siente que estos lugares serán los últimos en recibir permiso de reapertura.

Los días de la pandemia han golpeado fuerte las finanzas del Parque Juan Pablo II, que nació en 1986 con motivo de la visita del Papa del mismo nombre a Medellín. Aledaño a la pista del aeropuerto Olaya Herrera, en Guayabal, a este espacio propiedad de Metroparques (ente descentralizado del municipio de Medellín, que también tiene a su cargo el Parque Norte), llegan entre 18.000 y 22.000 visitantes por mes, que pagan por entrada $13.000. El cálculo exacto de las pérdidas que han representado estos cinco meses de cierre no lo tiene con exactitud la jefe del escenario, Natalia Cano Melguizo. Ella admite, sí, que la situación se puso tan crítica que la entidad levantó la mano como señal para pedir una inyección de recursos de parte de la alcaldía, pues aunque se pagan las entradas, el escenario cumple también una función social como espacio de la ciudad visitado por las familias de estratos bajos. No se puede dejar caer. “Los primeros meses del año íbamos con un crecimiento del 25 % en las asistencias, pero llevamos cinco meses en cero”, comenta Natalia. Señala que el primer mes se cumplió a cabalidad con las labores de mantenimiento de las piscinas y del componente arbóreo, pero desde el 27 de abril la labor se enfocó estrictamente en mantenimiento y sostenimiento. El personal que trabaja en el lugar se ha reducido, en parte asignado a otras tareas, y hay un estricto control del gasto. “Los contratos que se han ido cumpliendo no se han podido renovar. Hay doce personas con enfermedades de base laborando desde casa sin poderlas utilizar en tareas operativas del parque”, indica. A pesar de todo, en el parque ya se tiene un protocolo de bioseguridad listo para poner en marcha cuando se dé la orden de reapertura. “El esparcimiento es muy importante para compartir, los espacios abiertos han ganado resiliencia y hasta los empleados preguntan que cuándo podrán volver a ver el parque abierto”, comenta Natalia. Ella espera lograr mejoras en el escenario para el cuatrienio.

El parque Acuático Ditaires, construido por la alcaldía de Itagüí e inaugurado en 2007 con una inversión de $13.000 millones, también tuvo un cierre de cuatro meses en 2017. En abril de ese año el sitio reabrió, pero bajo la administración de la Caja de Compensación Familiar Comfenalco, que hizo una inversión de $1.500 millones en reformar sus espacios y ampliar sus zonas de diversión y entretenimiento. Hoy cuenta con toboganes múltiples, piscina de olas de 1.750 m2, una playa seca de 150 m2, piscina semiolímpica, juegos infantiles, terraza de bronceo y zonas verdes. Sus días más difíciles han sido tal vez los vividos durante esta pandemia, ya que el cierre lo ha privado de recibir alrededor de 66.000 personas en estos cinco meses, dado que el ingreso promedio mensual es de 13.000 visitantes que pagan precios entre los $4.100 y los $9.000, dependiendo de la categoría de los afiliados a la caja. Javier Casallas, administrador, precisa que al escenario se le ha hecho mantenimiento, aunque con un número inferior de personas. “Lo normal es que lo operen 36, pero en él vienen laborando 16”. La entidad, sin embargo, no ha cancelado contratos laborales y al resto del personal lo tiene desempeñando otras funciones dentro de su amplio espectro de servicios. “No hemos pensado en cerrar, porque tendríamos que cerrar otros ocho parques que tiene la caja, y el mantenimiento hay que hacerlo o si no sería peor”, advierte. Dice que espera la reapertura, que requerirá más inversión por los temas de bioseguridad y operativos dentro del parque, que cumple la función de llevarles recreación a las familias de estratos más pobres.

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