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El triste final del hijo rebelde de los Rockefeller: el relato de cómo fue asesinado por caníbales

Michael rodeado de nativos de Asmat (Museo Peabody de Etnografía y Antropología)

Por muchos años en Argentina, Rockefeller fue sinónimo de riqueza. Durante la década del 60 y 70 ante un gasto muy caro que no se podía hacer o algún objeto que no se podía comprar siempre funcionaba la frase: ¿Quién te pensas que soy, Rockefeller?

TOMADO DE: infobae.comNoticias de Colombia - Infobae

Ese apellido alemán de 11 letras era todo un símbolo de toda una dinastía de triunfadores en el sistema capitalista mundial. La historia de los inmigrantes que se hicieron así mismos (self made man) luego de su llegada a los Estados Unidos.

Símbolo del capitalismo

La familia tiene amplia inserción en Nueva York. Nelson fue gobernador y David un hombre de negocios de los más importantes de la ciudad. Una de sus mansiones hasta fue cedida para la creación del ya reconocido mundialmente museo del MoMA.

Pero toda familia de millonarios tiene un integrante rebelde. Alguien que intenta salir del ADN familiar de hacedores de dinero. En este caso, fue el hijo de Nelson, Michael Rockefeller, quien tuvo una misteriosa muerte en una isla recóndita cercana a Australia.

Michael, conocidos por todos como Mike, era un joven fotógrafo que buscaba aventuras en contacto con culturas indígenas de América, África y Oceanía. A diferencia de su familia, no le interesaba el poder y el dinero. Trataba de alejarse lo más posible de las comodidades que los Rockefeller obtenían dentro del sistema capitalista.

El último viaje de Mike Rockefeller

En 1961, Mike Rockefeller recaló en Asmat. En una región olvidada de Nueva Guinea. Se ven las imágenes, las últimas antes de su final con su cabellera rubia, una barba incipiente y rodeado de mujeres semidesnudas y hombres de la tribu de Guinea que bailaban alrededor suyo sonriente. El joven, pese a su portación de apellido. se alejaba lo más posible de Nueva York, de Wall Street y del constante tintinear del dinero que ganaba su familia en los negocios bancarios o petroleros que manejaban.

Allí, todo era exótico para un joven criado en los mejores colegios y universidades de Estados Unidos. Los indígenas comían los frutos de mar frescos y crudos. Así, Mike aprendió a comer camarones, cangrejos, pescado y almejas recién sacados del agua. En la selva, tuvo que cuidarse de los cerdos salvajes y cuscus peludos parecidos a zarigüeyas.

En su travesía por los ríos internos de las islas se cruzó con iguanas de color negro y cocodrilos de unos 5 metros de largo que asomaban sus ojos entre las aguas oscuras. Al paso de la barcaza que lleva a Mike en la aventura, vuelan loros de colores. Durante el trayecto, pese al calor, el guía le prohíbe meterse al agua. Las pirañas lo dejarían sin piernas en minutos.

En la década del 60, Asmat era una localidad atrasada respecto al mundo que conocía Mike Rockefeller. Llegar hasta sus costas en Oceanía era cómo retroceder varias décadas. La localidad no tenía rutas, sólo una precaria pista de aterrizaje. Por las crecidas del mar, toda la región permanece gran parte del año en un eterno lodazal que puede llegar hasta la rodilla de una persona.

Tampoco había antena para la radio del barco que llevaba a Mike por las oscuras aguas del interior de Nueva Guinea. Si hubiera podido hacer una llamada de auxilio, quizás se hubiera salvado instantes antes del vuelco de la barcaza.

En 1961, Mike tenía 23 años. En ese momento dejó la comodidad de la casa de su papá para embarcarse en la aventura de su vida. Así, llegó a islas exóticas en las cuales el apellido Rockefeller era desconocido e impronunciable para los nativos.

Todo terminó mal la tarde en la que la barcaza en la que viajaba junto a un colega holandés volcó en pleno río del interior de Asmat. Mike quedó aferrado al casco invertido de la embarcación. Lo último que se supo de él fue que nadó hasta la orilla para evitar a los enormes cocodrilos y a las pirañas que ya habían olido la sangre del millonario bajo el agua.

Apenas se enteraron de la desaparición, la familia Rockefeller movió todas sus influencias y recursos para organizar la búsqueda del hijo de Nelson. Pese a los esfuerzos, nunca se encontró rastro del joven de gafas. Del operativo participaron barcos, aviones, helicópteros y miles de lugareños que merodeaban por las costas y los pantanos de la selva a cambio de dinero.

El misterio de su desaparición

Lo dieron por muerto. La causa oficial fue ahogamiento, pese a que nunca hallaron el cuerpo. Se lo tragó el río oscuro de Asmat. A partir de ahí, comenzaron a correr los rumores sobre el destino de Michael Rockefeller.

La desaparición de Mike en 1961 tuvo todos los condimentos para convertirse en un mito para la sociedad de Estados Unidos. Así, los relatos sobre sus aventuras generaron una novela, una canción y hasta un programa de TV documental en la década del 80. Una banda que tuvo un éxito no muy duradero, Guadalcanal Diary, incorporó en uno de sus discos, el tema Michael Rockefeller. “Perdido en manos de Dios/Americano en el paraíso”, dice una parte de la letra con una melodía pop de mediados de la década del 80 de fondo.

¿Cómo fue que se inició el interés de Mike por las culturas indígenas de lugares alejados del centro del mundo capitalista? Todo pudo haber comenzado el 20 de febrero de 1957. En ese momento, el joven Rockefeller tenía 18 años y su padre Nelson ya se postulaba a la gobernación de Nueva York. En la casa familiar de 4 pisos, justo a la vuelta del MoMA, esa tarde de invierno helado en Nueva York empezaron a llegar los invitados de Nelson a una presentación especial.

Se trataba de la primera exposición del Museo de Arte Primitivo de la ciudad. En exhibición había un remo tallado de la Isla de Pascua, una cara alargada tallada en un trozo de tronco de árbol de Nigeria. Las figuras estaban dispuestas como si fueran obras de arte occidentales. Aparecían iluminadas y curadas por algún experto contratado por Nelson Rockefeller. Esa noche, Michael compartió el evento con su padre Nelson. Y su cabeza empezó a viajar por esos destinos de los que llegaban esas figuras tan exóticas y desconocidas para él hasta ese momento.

Michael estudiaba en Harvard y su familia completaba su formación con dosis extra de arte en todos sus aspectos. Visitaban museos y concurrían a la ópera todas las semanas. Nelson, su padre, esperaba que al terminar la carrera, Mike se sumara a una de las empresas familiares. El joven podría elegir entre la banca, finanzas o las petroleras. Sin embargo, el joven de pelo rubio y lentes cuadrados de marco grueso decidió otro camino para su vida. Y emprendió la travesía que lo llevaría a un triste final

Cuando Michael llegó a Asmat en 1961, mucho de los nativos nunca antes habían visto a un hombre blanco occidental. Pese a estar en manos de Países Bajos, la zona había sido poco explorada por los europeos. Lejos de la pacata cultura occidental de la época, el joven Rockefeller se cruzó con hombres que tenían relaciones sexuales entre sí o compartían sus esposas indígenas. También vio como en los rituales de casamiento bebían la orina del cónyuge como forma de unión o hasta comían carne humana de sus enemigos asesinados.

También vio que pese a parecer más atrasados en cuanto a tecnología o tener reglas sociales muy diferentes a las occidentales, usaban un lenguaje complejo con 17 tiempos verbales. No creían en ningún tipo de dios, pero sí en que todo lo que lo rodeaba tenía espíritu. Desde los manglares, los árboles y hasta en los remolinos del río que se había llevado a alguno de sus seres queridos. Mike descubrió que, para ellos, incluso las enfermedades venían de la mano de los espíritus. Los indígenas de Asmat realizaban fiestas y ceremonias sagradas para controlar estas enfermedades que los atacaban. Estos nativos no conocían la piedra, pero si la madera de los manglares de los pantanos que rodeaban sus tolderías, Aprendieron a tallar los troncos para hacer escudos ornamentados, remos, tambores y canoas.

También con estos troncos realizaban postes bisj , que encarnan el espíritu de un antepasado. Eran verdaderas obras de arte de casi 6 metros en el que se entrelazaban figuras de hombres, cocodrilos y otros símbolos de su vida de caníbales.

Espejitos de colores para los nativos

Tras desembarcar en la isla, el joven alquiló un catamarán junto a su equipo de expedición. El objetivo era intercambiar algunos objetos que llevaba por las obras de arte primitivo de los Asmat. El objetivo era engordar la colección de los Rockefeller en Nueva York.

Así como los conquistadores españoles intercambiaron espejos por oro tras el descubrimiento de América. Mike llevó en su viaje hachas de acero, anzuelos e hilo tanza de pesca, telas y tabaco, al que los Asmat se habían vuelto adictos en los primeros contactos con los holandeses.

En el catamarán, sin saber que eran sus últimos días de vida, Mike contactó a unas 13 tribus en pocas semanas. En cada parada, entregaba los objetos que había traído desde Nueva York y cargaba la barcaza tambores, cuencos, cuernos de bambú, lanzas, remos y escudos.

Lo que más le impresionó fueron los bastones bisj. “Es un tipo de objeto que me parece inviolable ante la invasión del comercialismo occidental en el arte asmat”, sentenció en uno de los escritos que se salvaron del naufragio.

Tras un mes después de la travesía por Asmat, llegaron con su catamarán al bravo río Betsj. El barco se movía para todos lados. Sufría los embates de las mareas y corrientes. Primero una ola inundó el motor y luego otra fuerte correntada hizo que el barco diera una vuelta de campana.

Los sobrevivientes del naufragio contaron cómo fueron las últimas horas que vieron a Mike con vida. Dijeron que pasaron la noche aferrados al casco del barco volcado, mientras las olas barrían esa zona. El joven Rockefeller temía que la corriente los arrastrara hacia mar abierto a una muerte segura. Entonces, decidió quitarse la ropa, se ató dos bidones vacíos a modo de flotadores y nadó hacia la costa en la que los manglares tapaban toda la visión.

Entonces, se activó todo el operativo pagado por los Rockefeller hasta que en una comunicación exclusiva con el New York Times el 24 de noviembre de 1961, el Ministro del Interior holandés dijo al New York Times: “Ya no hay ninguna esperanza de encontrar vivo a Michael Rockefeller”. Su fecha de muerte fue el 23 de noviembre.

La verdad sobre la muerte de Rockefeller

La primera versión concreta sobre lo que pasó con Mike llegó en el 2014, 53 años después, tras una investigación del periodista de National Geographic Carl Hoffman. El reportero en un libro sobre el caso de Rockefeller probó que los nativos Asmat fueron los responsables del crimen del joven millonario estadounidense.

Hoffman obtuvo el testimonio de dos sacerdotes holandeses que trabajaban con los indígenas y hasta llegaron a hablar su idioma. Los misioneros afirmaron que habían escuchado el testimonio de primera mano sobre el hallazgo de Mike y cómo lo habían matado.

Unos años antes el gobierno holandés en la isla había efectuado una matanza contra una de las tribus de Asmat. Habían abierto fuego y matado a balazos a 4 líderes importantes de los indígenas. La venganza no tardaría en llegar. Y ocurrió cuando miembros de la tribu masacrada se cruzaron con Michael saliendo del agua tras el naufragio de su catamarán.

Los indígenas reconocieron a Mike como un tuan , un hombre blanco como los colonizadores holandeses. Sin dudarlo, atravesaron a Rockefeller con una lanza y lo mataron. Luego le cortaron la cabeza y le partieron el cráneo para comerse el cerebro. Cocinaron y comieron el resto de su carne. Los huesos de sus muslos se convirtieron en dagas y sus tibias se convirtieron en puntas para lanzas de pesca. Todo eso fue escuchado por los sacerdotes holandeses de boca de los indígenas También contaron en su idioma que le drenaron la sangre y los miembros de la tribu se empaparon en ella mientras realizaban danzas rituales y actos sexuales.

Luego del libro de Hoffman que destapó esta versión de la desaparición de Michael Rockefeller, nunca más se habló del tema. El hijo rebelde de Nelson que nunca quiso seguir los pasos de su familia para multiplicar su fortuna tuvo un triste y horroroso final en una isla perdida de Oceanía. Hasta allí no había llegado el poder de su familia para salvarlo.

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