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Jericó exhibe un piano con más de 180 años de historia

El piano reluce por la finura y el brillo de su madera y sus aleaciones en la Casa de Música Ateneo de Jericó. FOTOS CAMILO SUÁREZ
GUSTAVO OSPINA ZAPATA

Como si le faltaran más joyas culturales y de valor patrimonial por exhibir aparte de las existentes en sus siete museos, a Jericó le llegó un piano del siglo XIX que es toda una pieza histórica, pues del mismo solo hay otro en el país, en la Quinta de Bolívar, en Bogotá, que también tiene el suyo entre sus bienes más preciados.

TOMADA DE:https://www.elcolombiano.com/

Antioquia - Medellín | El Colombiano, noticias.

El instrumento musical es un McCormick ensamblado en Medellín por David McCormick en 1837 (así dice en una placa que lleva junto al teclado) y adquirido por Alejo SantaMaría Bermúdez, hermano de Santiago, conocido por ser el fundador de Jericó. El piano, valorado por los SantaMaría como una joya, fue pasando de generación en generación y la última poseedora fue Marina Caicedo, esposa de Enrique SantaMaría Villegas (fallecido en 1996), cuyo deceso ocurrió el año anterior y en una decisión de sus seis hijos, lo donaron a la localidad.

Alejandro SantaMaría, uno de los hijos de Enrique y Marina, cuenta que eligieron llevarlo a este pueblo, “porque nos pareció un lugar que puede darle el valor que se merece, ya que constituye otra pieza importante de su historia”.

El piano fue donado en agosto del año pasado al Maja -Museo de Antropología y Arte de Jericó-, que al recibirlo inició un proceso de restauración que culminó hace quince días con su traslado a la localidad del Suroeste, donde ya es expuesto como una de las joyas de la “corona”, como el rey. Entre risas, Roberto Ojalvo, director del Maja, dice que allí hay piezas de muy alto valor, “pero el piano, sin duda, tiene un valor histórico y patrimonial muy importante”.

Es más, entre las leyendas tejidas alrededor de este instrumento de percusión se afirma que al país solo llegaron dos: este para Alejo SantaMaría y el otro para el Libertador, por lo cual, con el tiempo, la Quinta de Bolívar lo adquirió.

La Quinta, sin embargo, sostiene que su piano fue elaborado en Bogotá (no en Medellín) por Diego (no David) McCormick hacia 1840 y “unos años más tarde fue adquirido por $90 mediante una compra a Isaac Azuero a finales de la década de 1920, la cual fue aprobada por José Manuel Marroquín, Eduardo Restrepo y Gerardo Arrubla, miembros de la Academia Colombiana de Historia”.

Las fuentes consultadas sostienen que los pianos llegaron importados desde Estados Unidos o Inglaterra y que se ensamblaron en Medellín: “la tecnología de entonces no daba para fabricarlo acá”, aseguran el director Ojalvo y el restaurador Jairo Silva.

Un “señor muy elegante”
Más allá de las historias y las conjeturas, la realidad es una: este piano es una pieza con más de 180 años de antigüedad, de dos pedales (como eran los primeros pianos, pues hoy en día son de tres), de 62 teclas (los actuales son de 88), categoría upright o verticales, caracterizados por su mayor altura y capacidad acústica.

Jairo Silva, uno de sus dos restauradores (el otro fue el del teclado) precisa que fue construido con tres tipos de madera de alta calidad y prácticamente extintas: comino y cedro caoba recubiertos con santa cruz, esta última tan dura como las piedras.

“El trabajo tardó seis meses. Es de mucho cuidado, porque mi tarea era solo con la parte de la madera, no podía tocar la parte musical o de sonido, me podía gastar horas pensando cómo hacer cada trabajo”. Según sus hallazgos, parte de la madera de la caja de sonido ya tenía comején y hubo que hacer labores de raspadura, retoque y pintura de alta filigrana.

Las teclas, en cambio, son de marfil, material extraído de dientes de elefante, algo que ya está totalmente prohibido a nivel internacional, “por lo cual son piezas únicas que ya no se fabrican ni se consiguen”, señala su restaurador Félix Córdoba, maestro musical con especialización en afinación, restauración y mantenimiento de pianos.

Añade que las teclas de marfil se ponen más amarillentas con el tiempo y con el sudor de las manos, “pero permiten un mejor agarre de los dedos y esto le da más seguridad al pianista para buscar los sonidos deseados”.

También hubo que reemplazarle los dos pedales, porque ya no estaban, y una lona de seda que ya no se consigue y que cubre la parte delantera de la caja, que fue reemplazada por una gabardina roja, lo más similar a la tela original.

Coqueto y feliz
Si fuera a darle una característica humana a este piano, se me ocurre que se ve coqueto y feliz.

Para realzarlo, el director Ojalvo prácticamente lo puso en un altar. No lo dejó en la sede principal del Maja, donde la mayoría de piezas son pinturas, esculturas e instalaciones, sino que lo llevó a la Casa de Música Ateneo, una subsede del Maja a dos cuadras del parque principal, en donde el piano está al lado de piezas de la colección de Álvaro Alejandro Gaviria, un musicólogo de Medellín que en sus viajes por el mundo acumuló instrumentos de los cinco continentes y decidió donarlos para que los habitantes y visitantes de la localidad pudieran apreciarlos y conocer sus historias.

El McCormick de 1837 está ubicado en una pared rodeado de pinturas a lápiz de grandes genios de la música como Giacomo Puccini, Igor Stravinsky, y Richard Wagner. Allí, con su telón de gabardina que refulge a la luz, el color café brillante de su madera y sus incrustaciones cromadas, el piano se roba la atención de la sala. Encima de la tapa que cubre las teclas se puso un libro con composiciones musicales del maestro Emilio Restrepo.

Curiosamente, en el museo hay otra sala con pianos o armonios, todos ellos históricos, pero no de tanta antigüedad ni de sus dimensiones. A la pregunta del porqué están en salas diferentes, Ojalvo sonríe y calla. Su silencio es elocuente. El piano de los SantaMaría es la estrella del museo y por eso se exhibe solo.

Uno de los más emocionados con esta pieza antigua en Jericó es el secretario de Educación y Cultura, Juan Montoya, quien señala que tenerlo allí “es volver al pasado emblemático del municipio, reencontrar las raíces de nuestro fundador Santiago SantaMaría y seguir sumando valores culturales”.

Hay una razón de peso que eleva el valor del piano y es que en Jericó lo único que se conserva del fundador son documentos y un óleo quiteño de la Virgen de las Mercedes que él cargaba cuando llegó al pueblo en las primeras décadas del siglo XIX. Por ese óleo, que está en el Museo de Arte Religioso, es que dicha virgen es la patrona de la catedral jericoana y del propio Jericó.

Diego Molina, director de Turismo, recalca que “es una pieza más de alto valor que se suma a las muchas existentes en el museo y en la Casa Ateneo y que será apreciada con gran interés por los habitantes y visitantes”.

Otra característica del instrumento es que, como los pianos antiguos, tiene candelabros en las esquinas de las teclas, ya que en ese tiempo no había luz eléctrica y las casas se iluminaban con velas.

“El piano era más para veladas familiares en grandes casonas, no para conciertos en grandes auditorios”, indica Félix Córdoba, el restaurador del teclado. A diferencia del de la Quinta de Bolívar, en la cornisa (parte superior) no tiene un cóndor dorado. Sus dimensiones son 2,25 metros de altura, 1,47 de ancho y 61 de profundidad, iguales a las del Maja.

El piano tiene columnas romanas entre la base y el teclado con terminaciones en aros fabricados en aleaciones de cromo y bronce, “que también tienen alto valor histórico porque ya no se ven”, asegura Jairo Silva.

El último poseedor
Cuenta Alejandro SantaMaría, vocero de los donadores, que su padre Enrique recibió el piano entre los años 1977 y 1978 de manos de una prima de él de nombre Gabriela Vélez SantaMaría, en ese entonces residenciada en Niquía.

“Yo tenía como diez años. Lo que recuerdo a lo largo de la vida es que para mi padre era muy importante. Él lo cuidaba, lo limpiaba y a través de él nos contaba la historia familiar. Mi madre lo conservó, pero con su muerte tomamos la decisión de entregarlo al museo, donde sabemos que estará muy bien custodiado”.

Lo único triste, y por eso se dejó para el final de esta historia, es que el piano ya no suena. Y no se sabe desde cuándo, porque don Enrique lo recibió silencioso. Restaurar su sonido costaría millones de pesos. Un presupuesto inicial tasó el proceso en $17 millones, dinero que el Maja no tendría de dónde sacar para invertirlo: “Sería un sueño”, dice el director del Maja.

Mirar este piano es viajar en el tiempo 180 años atrás, cuando Jericó se conocía como Aldea de Piedras y más tarde La Felicina, hasta ser nombrado como tal en 1853 en honor a la Tierra Prometida de los israelitas. En suma, una finca gigante a donde fueron llegando las familias elegidas por el fundador para iniciar el poblamiento del que hoy se conoce como ‘La Atenas del Suroeste’, justo donde el McCormick debía llegar para eternizar su historia, su estampa similar a la de un portón colonial, como los de las casas más antiguas del pueblo, para que los paisanos se reencuentren con su historia.

CONTEXTO DE LA NOTICIA
LA MICROHISTORIA
SANTIAGO Y SU ARRAIGO CON JERICÓ
A inicios del siglo XIX, Jericó era todavía selva. Pero el gobierno de la Provincia de Antioquia, en 1835, les vendió a unos visionarios, entre ellos a Juan SantaMaría, el dominio sobre una inmensa extensión de terrenos baldíos en el Suroeste. Antes, el centro estaba en el sitio que hoy se conoce como corregimiento Palocabildo y Alejo, hijo de Juan SantaMaría, le puso el nombre de Piedras. Pero fue Santiago, su hermano, quien organizó la fundación del pueblo donde hoy está y no en Palocabildo. Para ello invitó a familias de varios pueblos del Oriente y las aisló en una especie de cuarentena mientras se adaptaban al ambiente agrícola. A medida que cada familia se adaptaba la iba instalando en el poblado y así se formó Jericó. Alejo SantaMaría (imagen), que también fundó pueblos en el Suroeste, se residenció en Medellín, donde echó raíces y fue quien adquirió el piano en 1837. Fue un comerciante exitoso. A sus 21 años se enamoró de Mariquita Barrientos, de 31 años y tan acaudalada, que ni Alejo podía aspirar a ella. Para conquistarla, empezó a viajar a Jamaica a traer mercancías para vender y en cada regreso le dejaba una perla a su amada, que con ellas, a lo largo de tres años, hizo un collar como símbolo del amor y las largas esperas. Al final se casaron y construyeron una casona en la que vivieron varias generaciones.

 

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