Foto: tomada de Instagram @yeison_jimenez.
Yeison Jiménez trabajó incansablemente por cumplir varios proyectos y sueños, pero uno de ellos quedó pendiente pese a su esfuerzo y dedicación constante.
A Yeison Jiménez no le bastaba con soñar: necesitaba ejecutar. Así fue desde siempre. Cada idea que se le cruzaba por la cabeza venía acompañada de un plan, de trabajo inmediato y de una fe casi obstinada en que todo era posible si se hacía con disciplina.
Por eso, cuando en 2021 confesó que quería comprarse un avión, muchos lo tomaron como una extravagancia. Meses después, el sueño ya estaba en tierra firme —o mejor, en el aire— convertido en una avioneta que le permitía moverse con agilidad entre conciertos, reuniones empresariales y compromisos personales.
Aunque su vocación inicial había sido la ingeniería industrial, Yeison terminó aplicando esa mentalidad estructurada a su carrera musical. Pensaba en grande, medía riesgos y siempre iba un paso adelante. “Tengo 30 años y quiero ser más grande artísticamente. Me voy a comprar un avión. Quiero llenar estadios y coliseos a nivel mundial”, dijo entonces. No era una frase lanzada al viento. Era una hoja de ruta.
¿Cuál fue el sueño que Yeison Jiménez nunca alcanzó a cumplir?
Volar se convirtió en una de sus grandes pasiones. No solo por la comodidad que le daba a su apretada agenda, sino por el reto que implicaba entender cada detalle del proceso. Con el tiempo, comenzó a familiarizarse tanto con la aeronáutica que empezó a rondarle una idea más ambiciosa: convertirse él mismo en piloto.
Ese fue, paradójicamente, el único sueño que Yeison reconocía como pendiente. Así lo confesó en una de sus últimas conversaciones: después de un año profesional arrollador, cuando parecía haberlo logrado todo, admitió que aún le faltaba algo. “El único sueño que no he podido cumplir es ser piloto de avión. Vuelo mucho en el avión mío, ya le entiendo demasiado al tema y sé que se me facilitaría muchísimo. Si Dios me presta la vida, en los próximos meses los estaré sorprendiendo con mi tarjeta de piloto privado”, dijo con la seguridad de quien ya se imaginaba logrando esa meta.
Su problema no era la falta de capacidad, sino de tiempo. “Cuatro meses estudiando juicioso podría sacar la licencia, pero no me queda tiempo. Lo voy a hacer”, repetía. Era un pendiente que había decidido postergar, convencido de que la vida todavía le daba margen.
El 5 de diciembre de 2025 fue la última vez que habló de planes. La noche anterior había cumplido con un compromiso artístico y, aun así, se levantó temprano para reunirse con su equipo. Conversó con entusiasmo sobre su gran 2025, un año que marcó un antes y un después en su carrera gracias a un hito histórico: llenar por completo el estadio El Campín. “Desde ahí considero que estoy en el mejor momento de toda mi historia musical”, dijo entonces.
Ese éxito coincidió con la celebración de sus 34 años, el 26 de julio, una fecha que describió como la mejor fiesta de cumpleaños de su vida. No solo por el espectáculo, sino por lo que representaba: el reconocimiento a una carrera construida desde abajo, con constancia y sin atajos.
Días después, el país despertó con la noticia que nadie imaginaba. Yeison Jiménez murió en un accidente aéreo en Boyacá, cuando la avioneta en la que se movilizaba rumbo a una presentación cayó poco después del despegue. La investigación quedó en manos de las autoridades aeronáuticas, mientras el mundo de la música popular colombiana entraba en shock.
La ironía fue inevitable y dolorosa. El hombre que amaba volar, que soñaba con pilotar su propio avión y que había hecho de los cielos una extensión de su vida profesional, se fue sin alcanzar a cumplir ese último anhelo. No llegó a tener la licencia, pero sí dejó una huella profunda en la música, en su equipo y en millones de seguidores que lo vieron convertir sueños imposibles en realidades tangibles.









