Sofía Monsalve, relatora especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación, en Turín (Italia), el pasado septiembre.
TOMADO DE: elpais.com
La politóloga colombiana denuncia a los países que utilizan el hambre como arma de guerra y el concepto de comida como negocio. Monsalve propone otra forma de alimentar al planeta, que pasa por restar poder a las multinacionales del sector
Curtida en la defensa del campesinado, Sofía Monsalve (Colombia, 56 años) fue nombrada en mayo relatora especial sobre el derecho a la alimentación de Naciones Unidas (ONU). A cambio de emplearse a fondo en un puesto sin remuneración, la politóloga colombiana asegura que goza de total independencia: “Tengo la libertad de llamar a las cosas por su nombre”, cuenta a EL PAÍS en Turín, durante el encuentro de la red internacional de alimentación sostenible Slow Food, Terra Madre.
Durante su intervención, Monsalve animó a dar un vuelco absoluto al sistema alimentario mundial. Cuatro patas sostienen la profunda transformación por la que aboga: reparto de tierras, agroecología, relocalización y democracia en la toma de decisiones. Su labor ha de sortear la tijera presupuestaria en la ONU y el recelo que despierta su incómoda figura como verso libre. “Una ve lo que le ha ocurrido a Francesca [Albanese, relatora especial para los territorios palestinos, sancionada por Estados Unidos] y escucha rumores sobre acciones similares contra otras relatoras. Quieren intimidarnos, que nos autocensuremos, pero la verdad prevalecerá”, afirma.
Monsalve tiene ante sí un reto inmenso: dignificar el derecho a la alimentación cuando la ayuda humanitaria está bajo mínimos. Tras años de descenso casi constante, el porcentaje de personas que pasan hambre en el planeta empezó a subir a partir de 2017. Luego se disparó con la pandemia y, aunque los últimos años han sido de caída, aún no se ha vuelto a los niveles de 2016.
Pregunta. ¿Vamos hacia un mundo con dos tipos de comensales: productos orgánicos de calidad para los ricos y ultraprocesados para los pobres?
Respuesta. Me preocupa mucho la rápida penetración de la comida chatarra en África o América Latina. Es un asunto de imaginario, con una publicidad muy agresiva dirigida a cambiar los hábitos alimentarios de los jóvenes, no digamos ahora con las redes sociales.
P. En la transformación estructural que usted defiende, dice que restar poder a las grandes empresas del agronegocio es una condición indispensable. ¿Cómo se hace?
R. Para empezar, cambiando el imaginario para que la alimentación deje de ser una mercancía que se compra en supermercados y se negocia en bolsas de valores. Si es un derecho, la lógica económica cambia. También hay que poner en duda esa idea de que las corporaciones alimentan al mundo y que sin ellas todo se cae. No es verdad, o al menos no toda la verdad.
P. ¿En qué sentido?
R. Hay que contar cómo operan estas compañías. Utilizan prácticas monopolísticas. Con frecuencia reciben subsidios importantes —en la Unión Europea, EE UU o Brasil— y pagan pocos impuestos. A eso hay que añadir los altísimos costes externos que provocan en la naturaleza y nunca reparan. Y que la comida chatarra que venden deriva en gravísimos problemas de salud pública. El agronegocio industrial no es ni mucho menos tan eficiente como pensamos. No hemos de olvidar tampoco los desplazamientos forzosos de población que obligan sus enormes plantaciones con monocultivos.
Se ha ido abandonando la idea de que todos somos seres humanos y que no se puede usar el hambre como arma de guerra
P. ¿Cómo es posible que estemos peor que hace una década en un mundo de teórica abundancia?
R. Esa fue la pregunta que me hice preparando mi primer informe como relatora. Y encontré respuestas en el investigador Alex de Waal, director de la World Peace Foundation, quien atribuye el giro al fin de la pax americana, un sistema bastante estable basado en la hegemonía del dólar en el que, con todas sus contradicciones y formas de explotación, existía un cierto reconocimiento a los derechos humanos y a la importancia de la ayuda al desarrollo. Erradicar el hambre era un objetivo más o menos compartido. De Waal argumenta que todo esto se ha resquebrajado. Ahora presenciamos una tremenda rivalidad entre potencias económicas.
P. Y los más vulnerables pagan los efectos de esta tormenta geopolítica.
R. Sobre todo porque ha provocado que las normas internacionales de convivencia se derrumben. Se está normalizando la hambruna. Por ejemplo, deshumanizando a una población, repitiendo que todos son terroristas. Y que uno no puede vivir bajo esa amenaza. Se ha ido abandonando la idea de que todos somos seres humanos y que no se puede usar el hambre como arma de guerra.
P. En su intervención dijo que algunos Estados están sentando precedentes muy peligrosos.
R. El caso de Gaza es muy claro. Además de Israel, hay Estados cómplices como EE UU o Alemania. No han hecho nada para que se cumplan las medidas precautorias de la Corte Internacional de Justicia, que ya en marzo de 2024 dijo que la ayuda humanitaria tenía que entrar allí sin restricciones. A día de hoy sigue habiendo serias limitaciones. También está Sudán, donde las investigaciones de la ONU apuntan a que Emiratos Árabes Unidos tiene una gran responsabilidad en un conflicto en el que, de nuevo, la hambruna se utiliza como arma de guerra. Esta impunidad es terrible. Tiene que haber rendición de cuentas.
P. Crisis como Ucrania e Irán han venido a mostrar las costuras tan frágiles del sistema de alimentación mundial.
R. Esta fragilidad estructural es fruto del neoliberalismo, el cual ha creado un paradigma de seguridad alimentaria basado en el comercio global. Durante décadas se dijo a los países que podían desmantelar su capacidad de producir comida o que no debían hacer acopio de reservas alimentarias. El mensaje ha sido que no había por qué preocuparse. Ahora vemos las consecuencias.
P. ¿Está cambiando algo, visto que, en este modelo de extrema dependencia, tocar una pieza (el trigo de Ucrania, los fertilizantes que pasan por el estrecho de Ormuz) causa efectos devastadores?
R. Esa es mi impresión. Hasta la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), firme defensora de ese paradigma, empieza a hablar de diversificar fuentes de suministro y cultivos. Incluso de tener reservas alimentarias, como, por cierto, ya hacen China o India. No digo ni mucho menos que todo tenga que ser público. Por ejemplo, el sector campesino indígena, donde predomina un enfoque de economía social y solidaria, no puede ser estatal. Abogo más bien por un nuevo equilibrio entre los tres actores —público, privado comercial y social-solidario— en la configuración de los sistemas alimentarios.
P. ¿Le preocupa que en ese replanteamiento de los sistemas alimentarios se priorice la seguridad nacional?
R. Desde luego, especialmente en un mundo como el actual, en el que todo se lee bajo la lente de la confrontación. Ya sabe: vamos a juntarnos con nuestros aliados y en contra de tal o cual bloque enemigo. Es lo que llaman la securitización de los sistemas alimentarios.
P. Defiende una mayor democracia en la toma de decisiones. ¿No es casi utópico?
R. Fácil no es, pero tampoco imposible, sobre todo con las nuevas tecnologías digitales, que nos dan unas herramientas de planificación que antes no teníamos. Las multinacionales agroalimentarias ya las utilizan con excelentes resultados para maximizar sus beneficios. Tienen información de última hora: cuánto hay en stock, cuánto se mueve de aquí para allá… ¿Cómo no vamos a ser capaces de poner a funcionar esas tecnologías en procesos de deliberación democrática? Otra cosa es que haya o no voluntad política, pero posible es.
Me preocupa mucho la rápida penetración de la comida chatarra en África o América Latina
P. Insiste en que hay que distribuir la tierra de forma más equitativa¿Hay cada vez más concentración en latifundios?
R. La FAO presentó un estudio el pasado febrero que así lo demuestra. Gracias al trabajo de [Thomas] Piketty y otros economistas, se habla mucho de la desigualdad creciente en ingresos y patrimonio, pero no tanto de la distribución de la tierra. Hay que poner el tema en la agenda, no solo por una cuestión de justicia social, también porque hay una conexión clara entre esta desigualdad y la destrucción ambiental. Cuanta más distribución, más biodiversidad.
P. Apuesta por la agroecología. ¿Nada de pesticidas ni fertilizantes químicos?
R. Hacia ahí deberíamos caminar, sobre todo teniendo en cuenta que su producción depende en gran medida de los combustibles fósiles. Si hay transición energética, también debería haber una transición hacia otras maneras de mantener la fertilidad del suelo. Sin dogmatismos, pero con la dirección clara.









