Visita a la terapeuta sexual que se acuesta con sus pacientes

por Texto: Jorge Peris Foto: Jorge Oviedo

Si piensa que la eyaculación precoz o la impotencia se curan a punta de práctica, puede no estar equivocado. Un periodista de SoHo estuvo en Londres con Padma Deva, una terapeuta sexual que no solo habla con sus pacientes, sino que los masajea, los acaricia y hasta tira con ellos. ¿Quiere saber cómo le fue? Entonces lea, relájese y disfrute.Padma Deva es alemana, tiene 36 años y trabaja como guía sexual tántrica.

TOMADA DE:soho.co

Yo no soy puta. La gente que me lo pregunta es porque no ha experimentado este trabajo: cualquiera que lo haya hecho sabe que no tiene ni punto de comparación”, me responde con aire serio Padma Deva, antes de darle un prolongado sorbo a su jugo de manzana

Es la 1:00 de la tarde y estamos en el suroeste de Londres, en una bulliciosa terraza animada por los pitos de los carros y por los cientos de británicos elegantes y trajeados que acuden al elitista torneo de tenis de Queen’s. A solo una cuadra del club donde se juega dicho campeonato me reúno con Padma para que me hable sin tapujos de su trabajo… de su controvertido trabajo.

Las reuniones de Padma no suelen ser en terrazas, cafeterías o restaurantes, sino en lujosas habitaciones de hoteles de cuatro o cinco estrellas. En esos encuentros, que rondan las dos horas, ella y sus clientes conversan, se relajan, se masajean, se acarician y, en más de una ocasión, tienen sexo. Si uno quiere pasar por las mágicas manos curanderas de mi entrevistada, tiene que ser pudiente, pues cada cita cuesta 500 libras (casi dos millones de pesos) y la terapia completa consta de diez sesiones. A esto hay que sumarle la consulta inicial, que es de 200 libras (780.000 pesos) si se hace en persona o de 150 (590.000) si se realiza a través de Skype.

En su cartera de pacientes hay de todo: hombres y mujeres, abogados y doctores, jóvenes y viejos, vírgenes y experimentados, casados y solteros, europeos, asiáticos, gringos, africanos. Y todos tienen algo en común: no acaban de funcionar en la cama. ¿Que a qué se dedica exactamente Padma Deva? El título de su trabajo en inglés es “tantric surrogate”, que se puede traducir como “compañera sustituta tántrica”. Es algo así como una mentora o guía para personas con problemas íntimos relacionados con el sexo.

Después de intercambiar varios correos, en los que me da las gracias por mostrar interés en su trabajo y me pide que le envíe de antemano las preguntas de la entrevista, finalmente acordamos vernos un viernes a mediodía en la lujosa zona de Barons Court. “No tendrás problemas para encontrarme: soy la que va con un vestido rojo, me verás fácil”, leo en el celular su último correo, mientras subo las escaleras del metro a toda prisa para no llegar todavía más tarde a la cita.

Y así es. Nada más salir a la superficie y torcer a la izquierda, allí está: una mujer de mediana edad, con un vestido rojo pasión hasta la rodilla y un pronunciado escote se pone de pie, extiende la mano y me pregunta en inglés con un marcado acento estadounidense: “¿Eres Jorge? Encantada de conocerte”.

Pido un tinto para mí y un jugo de manzana para ella. Tras observarla durante un par de minutos desde la barra del bar —uñas pintadas de rojo, pelo teñido de cobre pero con las raíces visiblemente negras, cartera colorada a juego—, me siento a su lado, le doy las gracias por venir y pulso el REC de la grabadora.

“Mira, yo no soy puta y te voy a explicar racionalmente por qué. La intención es muy diferente: en la prostitución lo que se busca es la satisfacción instantánea y el entretenimiento y, si se puede, repetir todas las veces posibles con el cliente —me responde cuando le pregunto si le molesta que suelan asociar ambas profesiones—. Mi caso es diferente: yo soy una asistente sexual y lo que buscamos en esta profesión es el crecimiento personal y la cura del cliente. Desde el comienzo trabajamos para no volver a ver nunca más a la persona después del tratamiento”, continúa con aplomo.

Pese al acento gringo, Padma, quien cumplió 36 años hace poco, es alemana. “Los alemanes y el sexo, combinación habitual”, pienso mientras me cuenta cómo se le ocurrió pasar de la consultoría económica a la consultoría sexual tántrica, hace más de diez años:

“Tengo dos licenciaturas y un par de másteres en economía, y solía trabajar de consultora —me explica mientras le da sorbos ininterrumpidos al jugo—. Viajaba por todo el mundo, pero no tenía tiempo para mí. Un día, con 21 años, vi dos películas que me hicieron reflexionar sobre el sentido de la vida: The Family Man, con Nicolas Cage, y Sweet November, con Charlize Theron y Keanu Reeves. El corazón y la cabeza me dieron un vuelco. Pero seguí trabajando y unos años después me llegó la famosa crisis de los 40… aunque solo tenía 25 años. Sabía que mi vida así no iba a funcionar, entonces empecé a estudiar para ser psicoterapeuta, hasta que en un periódico británico vi que buscaban personas para trabajar como sustitutos sexuales, es decir, terapeutas que incluyen algo de práctica con sus pacientes. Estaba muerta de miedo, pero era lo que tenía que hacer”

El tipo de terapia sexual que usa Padma se practica desde los años cincuenta, y no solo es cada vez más común sino que está basado en estudios clínicos que analizaron los casos de más de 1000 personas —hombres y mujeres, casados y solteros— durante más de una década. Sus precursores, los doctores William H. Masters y Virginia E. Johnson, desarrollaron entonces un programa de dos semanas que, según ellos, podía alcanzar una efectividad del 80 %.

A estas alturas de mi encuentro con Padma, los jóvenes de la mesa del lado están más pendientes de nuestra conversación que de la suya. Los veo con la oreja pegada, cuchicheando cosas entre ellos. No pasan de los 18 o 19 años y parecen decididos a que no les pase lo mismo que a los clientes de los que hablamos.

Los hoteles para los encuentros son elegidos por ella misma, pues quiere asegurar discreción. “Le tiene que quedar claro a la gente que no se trata de una cita romántica o una velada con rosas y baladas —dice—, aquí nos ponemos a trabajar. El viaje termina cuando el cliente logra reproducir con otra persona los resultados que ha obtenido conmigo. Es un poco como el pájaro que deja el nido y vuela solo. Lo que está claro es que el proceso tiene un inicio, un final y un objetivo claro: que el cliente supere sus problemas y pueda reproducir lo trabajado”.

Entre los problemas más frecuentes con los que le toca lidiar a Padma y a su equipo —trabaja con dos aprendices, un chico y una chica, que no se acuestan con sus pacientes— están las dificultades para lograr una erección y la eyaculación precoz. Ah, y los adultos vírgenes: el 25 % de sus clientes llega sin haberse estrenado en las artes del amor.

—¿Por qué un virgen querría que su primera experiencia fuera con una asistente sexual? ¿No sería más fácil recurrir a un burdel?— pregunto.

—Mira, en la sociedad actual es tan fácil conseguir una escort como una pizza. Te puede llegar a tu casa en media hora. Lo mío, en cambio, es un proceso duro. Y ojo, que el sexo no llega sino hasta las tres últimas de las diez sesiones. ¿Por qué un hombre querría pasar por todo eso solo para meterla?

Asiento y tomo notas en un cuaderno mientras echo un vistazo a mi alrededor. Las mesas adyacentes se han ido poblando y noto que Padma habla, sin darse cuenta, ante una audiencia cada vez mayor. Las mujeres parecen dar su aprobación con la cabeza y susurran a sus maridos como diciendo: ¿será que probamos?

“Creo que todo el mundo se beneficiaría de esto —reflexiona Padma—, y también creo que quienes lo hagan se lo recomendarían a los demás. A ti, que veo que estás casado, a tus amigos, a tus jefes. Damos la posibilidad de que las relaciones de pareja sean mejores. Tenemos que dejar de pensar que todo el mundo está teniendo sexo maravilloso, porque no es así”.

El mesero, que nos ha soltado varias miradas amenazantes por la hora que llevamos sentados sin consumir, se acerca a limpiar la mesa. Y entonces Padma, antes de despedirnos, decide contarme algunos de sus casos más extremos, como el del virgen de 65 años que nunca había agarrado de la mano a una mujer o el del hombre que tardaba en venirse diez segundos.

“El del señor de 65 fue un caso curioso —recuerda—: me escribió que sentía que su vida iba a terminar pronto y que no quería irse sin disfrutar de esa experiencia. Era un hombre que solo pensaba en el trabajo”. Y concluye con la descripción detallada del caso del eyaculador de los diez segundos: “Es, probablemente, el mayor desafío al que me he enfrentado. Se untaba con cremas para retrasar el orgasmo, pero en cuanto la metía, eran diez segundos por reloj. Cuando me puse manos a la obra, confiaba en que llegara, al menos, a la media nacional, que está entre 5 y 10 minutos, pero conseguí llevarlo hasta los 15. Todavía lo recuerdo. ¡Qué tipo! Era un chico hipersensible, capaz de tener orgasmos en cualquier parte del cuerpo. Es lo más cercano que he visto a un dios tántrico”.

Compartir: