Teresita Gómez, la voz de un piano eterno

DIEGO LONDOÑO

Sus primeras notas musicales fueron robadas.

TOMADA DE:elcolombiano.com

A los quince días de nacida, fue adoptada por los porteros de la Fundación Universitaria Bellas Artes en Medellín. Acompañaba a su padre todas las noches a hacer ronda de vigilancia en este lugar, mientras él, desprevenidamente, le mostraba los pianos y la dejaba encaramarse a hacer sonidos en esas teclas blancas y negras, cuando solo tenía cuatro años, cuando no se piensa en música, solo en juegos, amigos y golosinas.

Ya en el día, mientras los estudiantes de Bellas Artes estaban en sus lecciones diarias, ella se asomaba sigilosamente para ver como movían las manos, como sonaba cada dedo, cada pulsación. Y así, de ventana en ventana mirando a través de los salones de clase, y con instrumentos prestados, empezó a tocar piano a escondidas, de noche, a repetir las lecciones que veía a distancia con sus ojos curiosos y llenos de sueños. Hasta que un día la escucharon tocar a lo lejos, una de las profesoras la descubrió y ella del susto se orinó en la ropa y se puso a llorar, la profesora se acercó, y en vez de reprender y tomar represalias en contra de su padre, la invitó a ser parte de uno de sus cursos y ahí empezó toda una historia de música que hasta hoy no ha parado.

Le dicen Teresita, porque no solo empezó a los cuatro años en la música, sino que su primer recital como solista en piano fue a los 10 años de edad. María Teresa Gómez Arteaga, o mejor, Teresita Gómez, ha creado con sus manos piezas sonoras que hacen parte de nuestra identidad colombiana, su piel al igual que su música tiene la resistencia de los años. Cuando sonríe, inclina su cabeza hacia la derecha, abre tímidamente la boca y cierra los ojos como cuando se da un abrazo muy fuerte.

Se graduó de la Universidad de Antioquia y esa ha sido su casa por años, no solo como estudiante, sino como docente y aprendiz permanente. Su ronca voz dice solo lo necesario, pues le cuesta hablar en público, todo lo que tiene que decir lo hace con música. Compartir una comida o un vino con sus amistades la hace muy feliz, al igual que el mondongo, la mazamorra, y una preciosa canción de Polo Montañez llamada La última canción. Leer, meditar, estudiar piano y dar clases hace parte de su cotidianidad.

No es una mujer de un solo amor, y puede parecer obvio, pero el piano es su gran amor, al igual que el tango, la literatura y el maestro Yogananda. Sus acordes musicales preferidos no son ni menores, ni mayores, ni disminuidos, son los que tienen intención romántica. Ha estado en los más grandes escenarios del mundo entero, pero recuerda con especial cariño el concierto al lado de Frank Fernández en Bogotá en el año 1999, y a pesar de eso, sigue disfrutando como nunca su espacio musical en casa, en Medellín, con su querido piano marca Petrof, un regalo anónimo que le hicieron hace años y que nunca pudo agradecer en persona, solo con canciones.

Hace más de setenta años que está al lado del piano y nunca se ha cansado de él. Sigue estudiando como si fuera su primera lección, como si fueran esas primeras notas robadas que aprendió al escondido en aquellas salas de clase que le permitieron aprender, y hoy le permiten seguir aportando a la construcción sonora y musical de nuestra idiosincrasia. Y así su historia parezca de película, es real, al igual que su música y su legado. Esta hija adoptiva, esta negra que siempre ha tenido el cabello corto, esta mujer resistente y musical, hoy y siempre es inspiración.

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