La adolescente que pudo vencer el cáncer

La ciclorruta de la avenida 19 con calle 127 es uno de los lugares favoritos de María Camila. Foto: Tatiana Ortiz / EL TIEMPO

Por: Tatiana Ortiz

En su rostro siempre hay una sonrisa. De su boca siempre sale un comentario gracioso. Pero en su mirada aún refleja temor, un miedo que da cuenta del difícil pasado que debe cargar; el mismo que le ha dejado secuelas hasta en su cuerpo.

TOMADA DE:eltiempo.com

 

Para María Camila Dávila Bermúdez caminar por la avenida 19 con calle 127 la hace sentir viva, pero también le genera nostalgia. Mientras recorre la ciclorruta le vienen a la memoria recuerdos de sus primeras pedaleadas, las mismas que dejó de dar desde el 2013, cuando con solo 13 años fue diagnosticada con cáncer.

Perder a su padre en circunstancias similares –un par de años atrás– la llevó a pensar que esta enfermedad era un tiquete directo al cielo para reencontrarse con él. Recibir la noticia a tan corta edad la enfrentó a la sensación de morir olvidada por sus seres queridos y a la incertidumbre por los dolores que llegaría a sentir.“Hay dolores más grandes que otros, pero todos te complican la vida”, dice hoy.

Sobrellevar un cáncer a los 13 años implicaba, no solo que María Camila tuviera la fuerza para aguantar lo que las quimioterapias y radioterapias generaran en su cuerpo, sino el sufrimiento de sus seres queridos, especialmente el de su mamá, la parte que ancló a Camila a la vida, y el apoyo “incondicional e incomparable” para esta adolescente.

“Además del dolor que te genera el cáncer, me dolía mucho más ver a mi mamá sufrir en todo este proceso, que de cierta manera fue por partida doble, teniendo en cuenta que primero fue mi papá quien enfermó y, posteriormente, yo. Sentí que perdía mi vida, ya no podía jugar baloncesto, montar bicicleta; tuve que dejar atrás estas cosas. Incluso, me daba miedo perderme a mí misma, dejar de sonreír”, relata Camila.

En un principio, no concebía la idea de tener que apartarse de su segundo hogar: el colegio italiano Leonardo Da Vinci, ubicado en la localidad de Usaquén. Hacía sus tareas y asistía, en lo posible, todos los días.

Sin embargo, a medida de que la enfermedad avanzaba y tras la llegada de las quimioterapias y radioterapias, las condiciones de salud empezaron a decaer. Vinieron los dolores, los bajonazos de ánimo, el desaliento, las ganas de quedarse en cama todo el día. La ausencia en el colegio se hacía más patente.

Sentí que perdía mi vida, ya no podía jugar baloncesto, montar bicicleta; tuve que dejar atrás estas cosas. Incluso, me daba miedo perderme a mí misma, dejar de sonreír.

Con el pasar de los días, ese segundo hogar, con canchas de baloncesto (su deporte favorito) y salones de clase fue reemplazado por una cama y cuatro paredes en un hospital.

“Cada vez me era más difícil poder hacer las tareas, ya casi ni podía ir a estudiar. La situación académica se empezó a complicar porque mi cuerpo ya comenzaba a sentir el peso de las quimios y del cáncer como tal”, prosigue.

Pero a pesar de que temía perder un año escolar y, especialmente a sus amigos del salón, hoy agradece a la directora de su institución porque “siempre creyó en mis capacidades y me permitió continuar con mi curso sin atrasarme. Me tuvo mucha paciencia en este proceso, y eso lo agradezco infinitamente”, recuerda.

El viaje de la salvación

Desde que comenzó su proceso para erradicar el cáncer, esta adolescente de 17 años sintió que con el transcurrir del tiempo su vida en el hospital se alargaría y no tenía claro si algún día saldría, y esto, quizás, fue uno de los detonantes que generó que perdiera algo de sí: se ausentó de sus amigos, de su vida. Pero jamás se dejó de aferrar a su sueño: viajar a Italia en el 2015 con sus compañeros de colegio.

“En la institución hacen una salida a Italia, y desde que yo supe que tenía cáncer lo único que tenía claro era que como fuera debía recuperarme para poder viajar. No me lo podía perder”, cuenta Camila.

Luego de dos años de vivencia en hospitales, de lágrimas, malas noticias, una perforación en la vejiga (la parte más dolorosa), cirugías y varias dosis de morfina (su única parte favorita de esta historia), Camila se fue recuperando. Cumplió su sueño de viajar y, por extraño que parezca, llegó a Colombia mucho más aliviada.

“Cuando yo viajé, tenía que usar pañal por la perforación de mi vejiga, no estaba del todo recuperada. ¡Estaba en silla de ruedas!, pero era algo imperdible. Fue una experiencia maravillosa, pues mis amigos durante el viaje me llevaban todo el tiempo en la silla, sin importar cuán cansados estuvieran. Al regresar a Colombia estaba recuperándome, estaba recuperando mi vida nuevamente. Sonreí mucho”, dice.

Su testimonio

Sobrevivir a un cáncer le cambió el concepto de vida a esta joven. Luego de su enfermedad pensó que la mejor forma de ayudar a otro era demostrándole que no hay barrera lo suficientemente alta para sobrepasarla. Fue entonces cuando decidió dejar testimonio de su travesía y escribió su historia: En bus a Santa Marta, un libro de 183 páginas que recopila las anécdotas, tragedias, cartas a su padre, hazañas y memorias de una adolescente que vivió para contarlo.

“Esa es una de las enseñanzas más grandes que nos da estar enfermos: debemos disfrutar todo al máximo porque no sabemos si será la última vez que lo hagamos. Después, olvidamos y, luego, intentamos de todo para mantener vivos los recuerdos que nos permiten reconocer a la persona que éramos antes”, escribió en un fragmento de su libro.

Hoy, luego de casi dos años de recuperación, Camila siente que ha vuelto a vivir. Las pruebas que afrontó le dejaron, además de cicatrices, un concepto de lo que significa la vida. “Son los pequeños momentos de alegría, sonreír junto a mi mamá y amigos. La misma que siento hoy cuando pude retomar mi vida, cuando camino y respiro sin ningún dolor que me lo impida”, concluye.

Esa es una de las enseñanzas más grandes que nos da estar enfermos: debemos disfrutar todo al máximo porque no sabemos si será la última vez que lo hagamos

‘En bus a Santa Marta’

Un libro donde María Camila, con 17 años, presenta un testimonio desde su experiencia personal con el cáncer, el cual le fue detectado cuando apenas tenía 13 años. Este recopila los fragmentos más relevantes de todo este proceso: lo que sucedió, la primera noche en el hospital, la quimioterapia, la caída del cabello, la infaltable morfina, el miedo y el colegio, entre otros.

El libro fue lanzado este año, durante la Feria del Libro. La edición estuvo a cargo de Vanessa Villegas.

TATIANA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO ZONA

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