Cuando un perro llora la muerte de su amo

Judy Ramos conmemora a su esposo, un guía canino del Ejércto que murió haciendo su trabajo. ./Foto: Óscar Pérez

Se cumplen tres años de su fallecimiento

El soldado Roberto Carlos Torres, guía canino, falleció el 7 de diciembre de 2013 por explosivos que pusieron las Farc. Su perra, una labrador, sobrevivió. Su esposa, con la voz perdida entre sollozos, los recuerda a ambos.

TOMADA DE:elespectador.com

Judy Ramos Palacios llegó al batallón General Pedro Nel Ospina el 5 de diciembre de 2013 a las tres de la mañana y, al dejar la maleta, lo primero que le pidió al sargento que la escoltaba fue que le permitiera ver a Susy. A Susy Michelle Torres, la perra labrador que había sido asignada a su esposo Roberto Carlos Torres, soldado profesional y guía canino.

—Estaba en su cuarto, con sus paticas cruzadas. La llamé y de una se levantó, puso sus manos sobre las rejas y empezó a ladrar. Cuando la soltaron salió corriendo hacia mí, me puso las manos sobre los hombros y bajó la cara. Fue la primera vez que vi a un animal llorar.

Casi 24 horas atrás, antes de que despuntara el sol, Susy acompañaba al soldado Torres en una más de sus habituales expediciones riesgosas. El frente 36 de las Farc, guerrilla que en ese entonces ya llevaba más de un año en diálogos de paz con el gobierno Santos pero que aún no se comprometía al cese el fuego, había atravesado camiones en la carretera y a éstos los había llenado de explosivos.

Era 4 de diciembre de 2013. El soldado Torres y la labrador Susy Michelle Torres llegaron al corregimiento Llanos de Cuivá, del municipio de Yarumal: justo donde comienza el tramo entre Antioquia y la Costa Caribe que más solía asediar la guerrilla. Torres llevaba 12 años en el Ejército, era además enfermero de combate, y su misión era evitar que los explosivos en los camiones afectaran a sus compañeros. No lo logró. Ni siquiera pudo protegerse a sí mismo.

En Bogotá, un rato después, su esposa Judy recibió una llamada de su suegro. Y luego del sargento que comandaba la unidad en que se movía su esposo. Ambos le dijeron lo mismo:

—Torres tuvo un accidente. Estaban desactivando algo y eso explotó.

Susy la labrador se salvó, sólo quedó con una herida en la almohadilla de una pata. El soldado Torres, sin embargo, no corrió con la misma suerte. Una lata se incrustó en su cerebro y afectó seriamente su médula espinal; los médicos advirtieron que si sobrevivía, quedaría en estado vegetativo. Durante los tres días siguientes, su esposa Judy no se separó de su lado, en un cuarto del hospital Pablo Tobón Uribe de Medellín. No comió nada y solo tomó tinto y coca cola. Son recuerdos borrosos y claros a la vez: fueron sus últimos momentos con él. Lo recuerda y sus sollozos difícilmente la dejan hablar.

—El accidente fue un miércoles. El viernes declararon su muerte cerebral, me dijeron que ya no había remedio. Llamé a la mamá de sus otros dos hijos, a sus papás. Pero él estaba esperando al Gato, a nuestro hijo, que hoy tiene 5 años. Él le decía así, Gato, Gatico. La señora que me lo cuidaba llegó con el niño el sábado. Mi esposo (las lágrimas se hacen más abundantes) nos había dicho que iba a pasar el día de velitas con nosotros. Y cumplió, pero postrado en una cama mientras se moría.

Era 7 de diciembre de 2013. En la tarde entró a su habitación el menor de sus hijos, su Gato, y a las 10:30 de la noche empezaron a desconectarlo de los aparatos que lo mantenían con vida, mas no vivo. Ya no había sacerdote en el edificio, por lo que fue una enfermera quien le aplicó los santos óleos.

—Los niños querían prender sus velas, uno anhelaba prenderlas también. Pero fue imposible. Mientras afuera había pólvora y luces, mi esposo (guarda silencio un buen rato)… había fallecido ya.

Mientras apagaban las máquinas, los médicos le pidieron a Judy que saliera del cuarto. Reconocían que por ella, aun en la inconsciencia, el soldado Torres hacía un esfuerzo enorme por no partir. Antes de irse, ella lo besó en la frente y le dijo que lo amaba. Notó que su cara tenía los poros abiertos, y que el verde de los santos óleos ya se había desaparecido.

Luego vino lo de siempre: el envío del cuerpo a Bogotá, el velorio en la capilla del Cantón Norte, el entierro en el panteón militar del cementerio Jardines del Norte. Su hijo, el Gato, se acostumbró a interrumpir con comentarios como: “Mi papi tiene hambre”, “mi papi tiene sed”, “mi papi dice que su mechuda (Judy) está muy linda hoy”. Ella se asustó tanto que hasta consultó a un cura. Él le respondió que no había razón para temer.

Judy Ramos Palacios llora hoy a borbotones porque, dice, no se desahogaba así desde que enterró a su marido. Se declara incapaz de llorar frente a su niño, por lo que a veces, cuando siente que no da más, se escapa hasta el cementerio a descargar sus angustias. En las noches, oye a su hijo el Gato pedir en sus oraciones por su papá y por la perra labrador que lo acompañaba. A Susy Michelle Torres el Ejército la retiró de sus filas, y la primera a quien le preguntaron si quería quedarse con ella fue a Judy. Dijo no.

—Me dolió pero no la recibí, se la quedó una pareja de personas con discapacidad de Medellín. No quise a la perrita porque en el apartamento no iba a tener el espacio, pero también por no tener el recuerdo que trae: por la ansiedad de mi esposo de ser guía canino es que le arrebataron la vida.

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