Niños de la ‘ciudadela de la paz’ en Cali esperan un regalo para esta Navidad

Foto: Alda Mera | El País

La Bibliocasa es un espacio donde los niños se reúnen a leer cuentos infantiles para ocupar su tiempo libre, mientras los padres se integran.

TOMADA DE:elpais.com.co

La paz es casi que un fruto silvestre en un nuevo barrio al suroriente de Cali. La sana convivencia fue brotando en forma espontánea. Cuando un vecino tenía una dificultad, otros se iban solidarizando sin preguntar.

Se trata del primer proyecto de vivienda gratis que se construyó en Cali, llamado el barrio de las víctimas del conflicto armado. Y también de los victimarios, donde ya son ejemplo tangible de que pueden vivir en paz.

Esa ciudadela habitada por más de 22.000 personas, 80 % de ellas desplazadas de sus regiones de origen, hoy es una pequeña réplica del país. “Es una Colombia en miniatura”, dice Edilma Gómez, con su acento de cordobesa, frente a otros miembros de la Fundación Casa del Desplazado, provenientes de Guaviare, Putumayo, Nariño, y otras regiones.

Pese a lo estrecha de su vivienda básica, la líder la multiplica: la presta como sede de la Fundación Casa del Desplazado, para la Bibliocasa, una minibiblioteca donde los niños van a leer cuentos infantiles, y la sala sirve de pista a las niñas que ocupan su tiempo libre aprendiendo a bailar salsa.

Allí todos se las arreglan para mejorar la vida en Llano Verde, con el fin de hacer del barrio un territorio de paz.

Desarraigada de una vereda en el departamento de Córdoba, donde no había ni luz eléctrica, y era líder comunitaria, Edilma llegó a Cali a pagar arriendo, sola con lo único que tenía: sus cinco hijos.

Se emocionó tanto cuando la llamaron a comunicarle que el 27 de mayo de 2014 le iban a entregar las llaves de su casa gratis, que armó chivo y se fue con trasteo y todo. Pero no pudo entrar porque el sector estaba acordonado por la visita del Ministro Germán Vargas Lleras. “Me tuve que devolver a la casa de donde ya me había despedido y había llorado”, cuenta riendo.

Tres días después se trasladó, y pasada la alegría, comprendió que la única manera de sobrevivir allí, sin conocer a nadie, era llamar a los vecinos a unirse y buscar soluciones rápidas y efectivas a cuanta necesidad surgía. “Ya nos pusieron aquí, había que asumirlo; organizamos un tertuliadero y con un café o con un pan y una gaseosa, empezamos a integrarnos. En eso llegó la Bibliocasa y aquí venían a leer los hijos de todos, y así fue llegando gente que ha creído en el proceso porque hemos hecho gestión y tenemos qué mostrar”, dice con convicción Edilma.

Como creyó Nelly Valencia, que llegó con su esposo y una niña, desterrados de La Hormiga, Putumayo. En Cali esperaron ocho años por una casa de interés social. Primero les nació la otra niña, pero les dijeron “sigan esperando”. Entonces se postularon para Llano Verde y salieron beneficiados.

Yahid Rivera, miembro de la Fundación, confirma que Cali es la mejor plaza para quienes tuvieron que abandonar el campo por el conflicto: él dejó de ser el agricultor de Calamar, Guaviare, y pasó a vivir de posada donde un amigo en Alfonso López, cuando llegó con $500 en el bolsillo en 2002 y se fue a trabajar a plazas de mercado.

El Gobierno le dio la cartacheque para un apartamento en Altos de Santa Elena, pero se cansó de esperar y retiró los papeles. “Gracias a Dios llegué a un buen proyecto como Llano Verde, me encantó”, declara feliz.

Yahid y otros miembros de la Fundación Casa del Desplazado dicen que han ido a registrarlos ofreciéndoles terrenos, pero prefieren no reclamar tierras. “Por allá hay mucha violencia. En Guaviare, si uno se acostaba, no sabía si amanecía. Los líderes que salieron a reclamar tierras, están muertos. Por eso decimos ‘no gracias’”, confiesa este residente de esta ciudadela donde se vive un nuevo clima de entendimiento.

Uno de los primeros en estrenar el barrio fue Henry Bastidas, hoy fiscal de la Junta de Acción Comunal. Desplazado de La Magdalena, zona rural de Buga, presionado por el bloque Calima de las autodefensas, se volvió conductor de camperos para sostener a sus cuatro hijos y pagar arriendo en Calimío – Desepaz, mientras su esposa tramitaba la solicitud de la casa.

En 2013 salieron beneficiados entre las primeras 1200 viviendas y vio crecer el barrio, con más desplazados y recientemente, con los 400 reubicados de la ladera por efectos del invierno, de El Calvario y del jarillón del río Cauca.

Lo que más los emociona son los procesos de reconciliación entre desmovilizados y víctimas del conflicto que trabajan juntos. Solo una vez se oyó en una reunión: “Si me encuentro con tal guerrillero, no lo perdono, porque ese mató a mi hermano”. Pero esas emociones se han ido disipando con el trabajo colaborativo del día a día.

Muestra de ello es el comedor comunitario que la Arquidiócesis de Cali le dio a la Fundación. Sabiendo que la Fundación no puede acaparar todo, lo dejaron en manos de Ruth Lozada, una persona que también tiene liderazgo y hace las cosas bien, dicen ellos.

Eran 95 cupos para almuerzo completo, pero gestionando con el Banco de Alimentos y otras entidades, almuerzan 150 personas de menos recursos de la ciudadela, en especial niños, y adultos mayores, por $500, un precio simbólico para que no todo sea regalado y aprendan a valorar lo que reciben.

Este beneficio mejora la calidad de vida de aquellas mujeres que trabajan y ya no tienen que levantarse a las 4:00 a.m. a dejarles el alimento a sus niños. Cuando los pequeños salen de estudiar, van al comedor y Ruth les da almuerzo, limpio, caliente. “Ruth es una persona que irradia buena energía, tiene un lindo carisma”, la describe Edilma.

En el parque principal hay otro logro para mostrar: varios jóvenes observan un video en uno de los talleres de liderazgo que desde octubre dicta la Fundación Carvajal semanalmente, para mantenerlos ocupados en su tiempo libre y darles elementos de formación.

Dayana Patiño asiste juiciosa desde el primer taller. Ella no va al colegio por dificultades de su familia: a sus 17 años, pasa a 7° porque perdió dos años en Petecuy, luego su mamá enfermó de diabetes y tuvo otro bebé, y su padre, que laboraba en reciclaje, no ha tenido muchas opciones de trabajo. “En Petecuy era difícil por la guerra, aquí es más tranquilo, pero allá él tenía más qué reciclar, acá la economía es más dura”, declara la joven.

María del Pilar Guzmán, asesora cultural de la Fundación Carvajal, comenta que con los talleres “empiezan a moverles la fibra de tal modo que dicen: ‘queremos mejorar el barrio, la cuadra, formar grupos de danza, de baile, que los jóvenes no estén en el vicio’, ellos tienen muchas ideas”.

Yahid cree que falta capacitar a los jóvenes en carpintería, cerrajería, soldadura, electricidad. “Eso hicieron con 150 pandilleros en Alfonso López y la mayoría de esos muchachos son hoy unos señores”, opina.

Edilma está de acuerdo, pero enfatiza que los programas sean de calidad. “Trabajar con los jóvenes no debe ser de forma mediocre, los pelados de hoy son pilosos y hay que saberles llegar con cosas buenas, que los atraigan, los motiven a trabajar por su barrio”, argumenta.

Si hay un evento que haya unido a la comunidad allí es el Carnaval por la Paz, un vistoso desfile que como buena costeña, se inventó Edilma. Alguien dijo que deberían hacer una fiesta, ‘algo así como un carnaval’. Y ya lleva tres cada 31 de octubre, que coincide con el Día de los Niños y de los disfraces. “El primero me dejó de psiquiatra; el segundo me dejó mamada, pero el último, me dejó feliz”, dice entre risas.

Todos ayudaron: cada cooperativa de transporte aportó un ‘yipeto’ para el desfile, que entre todos decoraron; la Policía les donó 1000 gasesosas, amigos de Granada (Antioquia) les dieron 50 tortas, otros donantes, 50 bolsas de dulces, el Esmad llevó una camioneta con helados y dulces, con ayuda del Sargento Percy, de la Policía Comunitaria, y paisano de Edilma.

“Cómo no vamos a estar felices si ahora somos funcionarios de la Alcaldía”, dice Edilma. Y ante mi cara de sorpresa, sonríe y aclara: “Sí, es que ahora somos gestores de movilidad, gracias al alcalde Maurice Armitage, que es de mente abierta, no reparte por cuota política, sino que hizo una convocatoria abierta, mandamos nuestras hojas de vida a través de la Asesoría de Paz y hoy somos el orgullo, porque él nos tuvo en cuenta”, agrega la líder.

También Yahir se siente privilegiado con esa fuente de ingreso. Nelly es la más contenta porque trabaja de lunes a viernes y los sábados recibe capacitación para ser guarda de tránsito.

“Es que esta es nuestra familia, es con la que tenemos que compartir”, dice Jaime Caicedo, desplazado de El Charco, Nariño hace ocho años. Él pondera la integración cultural de tantas regiones, que tuvieron que adaptarse a otra cultura, la caleña. Y no ha sido fácil, todavía trabajan en ello.

Por ello a Caicedo le parece importante el trabajo hecho por las autoridades para integrar a los niños que venían de grupos al margen de la ley, dándoles la oportunidad con apoyo sicosocial y estudio y la generación de ingresos para sus padres.

“Al principio había temor, pero lo hemos ido superando. El gobierno ha venido trabajando en la reconciliación para evitar esos resentimientos y deseos de venganza. Con la conscientización del perdón, vemos que hay paz y a través de ella, uno va viendo oportunidades”, concluye Caicedo.

Cientos de niños de la ciudadela de la paz en el suroriente de Cali, esperan los regalos navideños de la campaña promovida por el periódico El País en conjunto con la Cruz Roja Colombiana seccional Valle, la Unidad para las Víctimas, la Secretaría de Cultura, el Noticiero 90 Minutos y Blu Radio Cali.

Los regalos para niños entre los 2 y 9 años de edad, deben ir marcados con edad y sexo, y serán empacados y ordenados por la Cruz Roja Colombiana, Seccional Valle, con la que se coordinará la lista de los niños beneficiados con la campaña.

Se sugiere evitar regalos bélicos. Deben ser nuevos y no es necesario que estén empacados en papel especial. La Cruz Roja los clasificará.

Pueden ser llevados a la sede de la Cruz Roja, barrio San Fernando. Calle 5 con Transversal 38.

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