Una experiencia a 3.000 pies de altura para alcanzar el sueño de volar

Foto: Cortesía INCI

Una alianza entre la Fuerza Aérea de Colombia y el INCI permitió que 50 personas con discapacidad visual viajaran por primera vez en una aeronave militar. El Espectador los acompañó en este recorrido.

TOMADA DE:elespectador.com


El Coronel (r) Luis Carlos Villamizar fue quien creó esta actividad. A pesar de su condiciónn de discapacidad trata de mantenerse al tanto de todo lo que pasa en la Fuerza Aérea.
El Instituto Nacional para Ciegos (INCI), ubicado en la localidad de Teusaquillo, en Bogotá, fue el punto de encuentro para que un grupo de personas ciegas y con baja visión irreversible viajaran por primera vez en un avión de la Fuerza Aérea Colombiana. El encargado de cumplir ese sueño: el “Hércules” C-130.

El camino hasta el Comando Aéreo de Transporte Militar (CATAM) fue largo para este grupo de personas. Los nervios y la ansiedad de llegar al avión se apoderaban de cada fibra de sus cuerpos. A lo lejos se veía un joven con una camisa del Atlético Nacional, que por la manera en que ponía sus manos parecía orando para que no le fuera a dar tanto miedo, su madre lo abrazaba y le decía que ya estaban llegando al lugar de salida.

Su nombre es: Santiago es uno de las 1.118.000 personas con discapacidad que están registrados en el censo del 2005. Tiene problemas de baja visión desde los dos años y, según cuenta, ha sido un poco difícil para él el proceso de crecimiento debido a que le toca forzar la vista, a pesar de que usa gafas. Pese a su discapacidad estudia en un colegio de Funza, Cundinamarca, y su madre es la encargada de colaborarle con las tareas.

A medida que el bus se iba acercando a la pista a Santiago le temblaban más las piernas y se le aceleraba el corazón. A lo lejos se veía un avión grande e imponente. Las personas debían hacer fila para empezar a ingresar a la aeronave. Algunas iban apoyadas de su bastón, otras llevaban compañía y las últimas iban con su lazarillo.

Con ayuda del personal autorizado de la Fuerza Aérea y miembros de INCI, empezaron a ingresar y a acomodarse. Las sillas no eran muy cómodas debido a que era un avión militar, eran plegables. Al interior se sentía más frío que en el exterior y hacía más ruido. El capitán encargado de dar las órdenes les explicaba a las personas cómo funcionaba la aeronave y cómo iba a ser el viaje.

En tan solo 20 minutos llegaron a su destino: la Base Aérea de Apiay, Meta, minutos que fueron necesarios para que más de un pasajero cumpliera el sueño de volar. Al aterrizar la aeronave, la emoción los invadía, pues por más de que no pudieran ver nada de esta base, lo podrían sentir. La bienvenida estuvo a cargo de las mujeres del lugar, ellas guiaron a los visitantes y les explicaron cada objeto que allí se encontraba.

Comenzaron con aviones como el Tucano, Supertucano y Fantasma. Se dividieron por grupos y mientras iban palpando con sus manos cada parte de los aeroplanos, un integrante de las fuerzas militares les iba explicando su función y sus partes. “Esta actividad hace parte de la misión de la Fuerza Aérea, que consiste en tener un acercamiento a la población para que conozcan más de nosotros. También queremos mostrar que el hecho de tener una disminución visual no es una barrera para tener ese acercamiento y conocimiento”, aseguró a El Espectador el Mayor de la Fuerza Aérea, Diego Parada.

Entre los asistentes al evento se encontraba una mujer que se destacaba por querer ayudar, por medio de la docencia, a las mismas personas que están en su condición. Ella es Blanca Herrera. Una mujer que actualmente vive en Funza, Cundinamarca, y que desde los 13 años presenta esta condición por herencia de su padre.

“Me presente como cualquier otra persona a un cargo en este municipio, sin importar mi discapacidad, mi hoja de vida habló por si sola (debido a mi experiencia y mi rendimiento) y la alcaldía, en ese momento con el doctor Jorge Rey a la cabeza, me dio la oportunidad y me abrió las puertas para que todos los niños, jóvenes y adultos tengan un proceso avanzado a nivel educativo, social y comunitario”, afirmó a El Espectador Herrera.

Además de contar cómo sus limitaciones no han sido un impedimento para lograr avanzar profesionalmente, con alegría confiesa como Bryan, su hijo, va a representar a Colombia en natación en los próximos juegos Paralímpicos en Río de Janeiro. Él también tiene discapacidad visual desde su adolescencia.

El recorrido terminó y llegó la hora de tomar el bus que los llevaría al auditorio principal. Después de andar un par de kilómetros el bus se detuvo y las personas fueron descendiendo en orden, se acomodaron para escuchar una radio novela producida por los integrantes de la base. Por medio de este audio pueden ir experimentando las sensaciones y emociones que se producen durante el desarrollo de las operaciones militares. En este caso, la historia a contar era la de un bebé que nació en pleno vuelo, pues su madre, trasladada desde Mapiripán, Meta, no logró llegar al hospital.

Las horas pasaban y los invitados iban conociendo un poco más lo que las Fuerzas Aéreas hacían por su país. Muchos asombrados aseguraban que creían que su función era únicamente atacar a los grupos al margen de la ley y desconocían la labor social que realizaban con la población vulnerable. Y con ese asombro se volvieron a subir al bus para que los llevará al almuerzo que les tenían preparado.

A lo lejos se veía una carpa acondicionada con música llanera y adornada con mesas y sillas vestidas de azul y una fogata que doraba la mamona, carne típica de la región. Todo evocaba la tradición del lugar donde está ubicada la base. La gente estaba feliz. Pedían a gritos las canciones, aplaudían y uno que otro se atrevió a bailar. Una tarea nada sencilla. Pero entre risas salían de su rutina. Al finalizar el almuerzo le daban las gracias al Coronel Luis Carlos Villamizar, el responsable de que todo esto sucediera.

Villamizar es un Coronel retirado de la Fuerza Aérea Colombiana, en donde se desempeñó durante 34 años hasta llegar a Comandante de la Base. Luego pasó a ser vicepresidente de la empresa comercial del estado, Satena, hasta que presentó un quebranto de salud que desencadenó su problema visual. Allí sólo alcanzó a trabajar 12 años. Su hija, Ana María, se ha convertido en su mano derecha y en su compañera de aventuras. Al preguntarle por la enfermedad de su padre se le entrecorta la voz y empiezan a correr por sus mejillas lágrimas, esas que recuerdan que ha sido un proceso largo y complicado pero que los ha ayudado a valorar cada momento de la vida.

Muy poco habla sobre su estado actual, prefiere recordar los buenos momentos que pasó en la institución y cómo ésta puede ayudar a más personas con discapacidad visual. “Lo importante para nosotros, y me incluyo por ser exfuncionario, es hacer que la gente que se encuentra en mi misma condición pueda conocer lo qué son las Fuerzas Militares y la Policía, para que se puedan comprometer con ellos. Conociendo qué hacen, dónde nacen, sí conocen sus raíces. Todo eso es bueno para la gente y nos lleva a una unión entre la parte civil y la militar”, comenta el Coronel.

Aunque él no es el único responsable de esta hazaña. Su principal cómplice fue Carlos Parra Dussan, actual Director General de INCI. Él quedó desde los 10 años ciego y desde aquel momento en que se le apagó la luz entendió que el límite se lo pone cada persona -cuenta con gracia- esa que lo caracteriza. Se graduó como abogado en la Universidad del Rosario, posteriormente como Doctor en Derechos Fundamentales en la Universidad Carlos III de Madrid-España y luego realizó una especialización del Centro de Estudios Constitucionales de Madrid en Derecho Constitucional.

Combina sus actividades en INCI con la docencia, ha pasado por las aulas de la Universidad de La Sabana, del Rosario y actualmente de la Sergio Arboleda. Le contó a El Espectador que “se trata de una visita cultural para conocer los aviones y al Estado colombiano, se logró gracias al Coronel, que tiene ambas condiciones, y que quiso cambiar la rutina de muchas de las personas que se encuentran en esta situación”.

Ya la aventura de estas 50 personas estaba a punto de llegar a su fin. Cogieron el bus por última vez con destino a la pista donde los esperaba nuevamente el Hércules, ese que se había encargado de cumplir sus sueños. Cada uno se despedía con nostalgia de su guía y como gesto de agradecimiento se tomaron una foto con ellas. Aunque no las podían ver, en su cabeza y corazón quedaba grabado cada gesto de amor que les ofrecieron.

Una vez embarcados en la aeronave, el general Rodrigo Alejandro Valencia Guevara, comandante de la base aérea de Apiay, se subió para agradecerles su visita, les aseguró que siempre tenían las puertas del lugar abiertas y que no se les olvidará que su impedimento sólo era físico. “Con el sólo hecho de contarles y que palpen y sientan los aviones entendieron de una manera muy objetiva toda la misión que realiza el personal de la Fuerza Aérea Colombiana”, concluyó.

Ya en el aire se iban quedando los miedos y nervios que tenían al iniciar el viaje. Las inseguridades y limitaciones eran cosa del pasado, esa experiencia le sirvió a más de uno para comprobar que sólo el cielo es el límite.

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