LA ARREMETIDA DEL PACÍFICO

Cuatro categorías componen la competencia en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, que se realiza cada año en Cali. / Nelson Sierra - El Espectador

Del 10 al 16 de agosto, en Cali.
El Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez llega a su vigésima edición y su crecimiento no se detiene. Con el sonido de la marimba y los golpes de tambor, el evento piensa en su internacionalización.

TOMADA DE:elespectador.com/


En el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez no hay secretos. Este no es el escenario para las dudas y los interrogantes. Aquí la transparencia brilla y en esa luminosidad no hay colores predominantes. La amalgama es la llamada a comandar la situación, y lo hace en armonía, entendiendo que la única manera de disfrutar el evento es con los ojos abiertos, los oídos atentos y el resto, material e inmaterial, bien dispuesto. El disfrute, el goce y el divertimento no son sólo sinónimos sino consignas, mientras transcurre en Cali este particular proceso cultural en el que se tienen en cuenta aspectos relevantes como el patrimonio, las tradiciones orales, los instrumentos autóctonos y, sin ir más lejos, las formas de entender el arte.

El Petronio, así a secas, tal y como se lo conoce en las calles de la capital del Valle del Cauca, logra el propósito de contagiar a la gente con su alegría. En algunos rincones ni siquiera se conoce, pero en otros, como en el área del centro, donde se hospedan los músicos y las distintas delegaciones procedentes de Cauca, Nariño, la región Andina y algunos convidados del Ecuador, la energía es total. Una conversación de tambores inunda el ambiente. Los artistas ensayan en las calles y lo que se escucha es una suerte de jam. Unas cuadras más adelante retumba un tambor que parece responder a la propuesta sonora vecina. Durante el evento el tema es sólo uno: la música.

Como el tumbacatre, el arrechón, el biche y todos aquellos licores de elaboración rústica que se comparten de manera mancomunada, así son las letras de muchas de las canciones que se captan durante las noches del certamen y en las que hay una verdadera comunión. A nadie le interesa la métrica, ni mucho menos las partituras. Aquí reinan el saber heredado y la destreza adquirida en un instrumento ejecutado durante años. Mensajes claros, contundentes, dosificados con ritmos genuinos que el público aprovecha para bailar con coreografías muy espontáneas. Los de arriba y los de abajo son iguales, cantan lo mismo y están en una tónica similar: pasarla bien sin preocuparse por lo que están haciendo los demás.

Más que una competencia de corte musical, el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, que en esta oportunidad llega a su edición número 20, es un pretexto para el reencuentro y un motivo sólido, sonoro y fuerte para potencializar algunos de los elementos que identifican a Colombia como nación.

Durante todos los años de historia del evento, muy pocos seres humanos han asistido de mala gana, primero al teatro Los Cristales, después a la plaza de toros de Cañaveralejo, más adelante al estadio Pascual Guerrero, hasta llegar a la Unidad Deportiva Panamericana, para disfrutar de la música. La convivencia pacífica, el clima agradable, el esmero de los grupos en tarima, los vestuarios llamativos y una música sin academia, pero maestra a la hora de transmitir emociones, se encargan de aligerar cualquier carga espiritual.

Tres canciones seguidas tienen los participantes para demostrarle al público sus capacidades. Terminan su interpretación y, por regla del concurso, se quedan estáticos, escuchando los aplausos de un público cómplice y bailador. Se trata de una fiesta colectiva en la que el baile es grupal y al mismo tiempo personal, porque cada quien vive el concierto a su manera. Son miles de voces las que se funden en una sola para entonar coros como “De aquí pa’ allá y de allá pa’ acá / para que puedan bailar”, en los que se corrobora que el Pacífico no solamente tiene influencias en los departamentos del Valle, Cauca y Nariño, sino que interfiere de extremo a extremo del país y que se escucha en naciones como Ecuador, Venezuela y Cuba.

Cuatro son las modalidades que caracterizan el derrotero de este encuentro sonoro. Conjunto de marimba, basado en el instrumento elaborado a partir de la chonta; Conjunto de chirimía, en el que predominan los vientos; Conjunto de violines caucanos, tal vez la categoría más arraigada a la tradición, y Agrupación libre, en la que las bandas tienen la licencia de realizar las fusiones a partir del conocimiento y el respeto por el folclor.

“Una de las principales novedades para este año en el Petronio Álvarez es que se logró que la categoría libre se escuchara en vivo, porque antes los grupos debían enviar un video al jurado. En nuestros pueblos del Pacífico la tecnología es muy escasa, así que el material venía con problemas muy graves de audio y de imagen. A mí me tocó recorrer buena parte del territorio para escucharlos, y esperamos que eso sea muy benéfico para este encuentro que empieza el 10 de agosto y se extenderá hasta el 16 del mismo mes”, cuenta la maestra Yaneth Riascos, coordinadora de jurados del evento.

El Festival Petronio Álvarez llega a sus dos décadas de historia y desde hace un par de años está en pleno proceso de internacionalización. El evento, gracias al empuje de su gente y la genialidad de su sonido, tomó la ruta para demostrar que en lugar de pensar el folclor es indispensable sentirlo y defender su esencia.

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