La fiesta es encontrarse en un jardín a leer, oír y gozar

Un ser del bosque se levantaba cada mañana a barrer, a trapear —porque el bosque hay que trapearlo—, a quitarles las hojas malas a los árboles. Y en una de esas oyó unos pasos. Se escondió detrás del tronco de un árbol y vio aparecer a una niña de un metro de altura, vestida de falda corta y ataviada con una capucha roja en su cabeza, como para evitar que quienes la vieran, la reconocieran.

TOMADA DE:elcolombiano.com

Fue uno de los primeros cuentos que escucharon los visitantes a la Fiesta del Libro en la apertura, de labios de una cuentera vestida con ceñido traje negro y elástico, ante un auditorio conformado, en su mayor parte, por niñas de escuela que soportaron sobre sus hombros el húmedo sol de invierno que, como tenía quien lo cargara, se hacía más pesado.

El escenario para cuentos y canciones está instalado en Carabobo, entre las blancas carpas de editoriales universitarias, y se constituye en el primero de los espacios creativos que se aparecen en el camino, antes de cruzar siquiera el umbral del Jardín Botánico.

¿Pero quién tiene prisa por entrar, si afuera hay tanto que ver, oír y disfrutar?

Entre esas carpas de libros hay una reservada para el cómic, en la esquina sur. Bajo el curvado cielo de lona se ven las coloridas figuras de los superhéroes en llamativas posturas, en las tapas de las revistas de historietas; en carteles de películas, algunos de estos montados en retablos; pocillos y libretas. Unas cuantas novelas cómic y, claro, muñecos en sus estuches.

Y en las de los fondos editoriales universitarios se encuentra, por ejemplo, la tienda de la UPB y, en esta, libros de ciencias y de literatura, de cine y de artes plásticas. Uno que salta a los ojos es el de Memorias del rodaje Eso que llaman amor, un trabajo de fotografía y entrevistas con realizadores y actores del tal argumental… Y resuena interesante un título: La perversión y el psicoanálisis, deLuis Izcovich, tal vez por lo de perversión…

Y, más adelante, en los estantes de Unaula, la compilación de artículos sobre la urbe, de Darío Ruiz Gómez, reunidos en el libro Mirada de Ciudad.

Primera vez

El Salón Iberoamericano del libro Universitario, otra carpa, se instala este año por primera vez.

De acuerdo con Daniel Guzmán, uno de los anfitriones, este espacio ofrece libros de derecho, ciencias sociales, literatura, ciencias políticas, medicina, publicidad, veterinaria y otros saberes, hechos por académicos y creadores de universidades de México, Brasil, España, Panamá, Argentina, Costa Rica y Colombia.

“Nunca antes se había abierto este espacio —cuenta—. Y tiene la ventaja de que los visitantes pueden encontrar libros especializados que a veces resultan difíciles de traer individualmente”.

Hay dos pantallas en las que los visitantes pueden buscar los títulos de los volúmenes. “Y todos los libros tienen un 20 por ciento de descuento”.

Y justo al pie de la entrada principal del Jardín está el bibliocirco de Comfenalco. Este año dedicado a Sherlock Holmes, el genial personaje de Sir Arthur Conan Doyle. Bajo la carpa, un conjunto de elementos que recuerdan a Holmes: los carruajes —aunque sin caballos—, letreros con títulos de sus relatos: Las cinco semillas de naranja, La liga de los pelirrojos… Y al fondo: Baker Street, la calle sobre la cual estaba la habitación del detective, marcada con el 221 B.

Adentro, más juego y canto

Una vez se pasa la ancha puerta del Jardín, uno se da cuenta de que todo este parque o museo vivo está involucrado con la Fiesta.

Rebaños de niñas, niños, adolescentes vestidos con uniformes, van por ahí, despacio, besando sus helados de pasas, conducidos tal vez por una profesora en busca de una carpa dónde acampar y entre tanto, hacer parte de un juego, de una ronda, de que les cuenten un cuento o les enseñen canciones para cantar en coro durante un rato.

Junto al Orquideorama, el Archivo Histórico tiene un espacio divertido, con Esculturas de Ciudad. Un visitante se encarama en una máquina del tiempo, una suerte de bicicleta estrambótica, atestada de componentes, como si hubiera sido diseñada por un patafísico. Al pedalear, mueve una rueda que hay justo detrás y, al detenerse, esta señala un número; el jugador va a buscarlo en un mapa de Medellín, recibe la historia de la escultura y, al final, le toman una fotografía con un fondo correspondiente a una escena de otro tiempo.

Librerías de libros nuevos de grandes firmas y de pequeñas también; otras de libros leídos. Toldos enteros con libros de literatura infantil. De viajes. Hay corredores colmados con volúmenes de temas espirituales —gnósticos, religiosos, con mensajes que levantan la autoestima—.

Brujas vestidas de negro y coronadas con sombreros puntiagudos “adivinan la suerte” y cuentan cuentos absurdos bajo un árbol frondoso, en cualquier prado del Jardín.

Hay carpa de enamorados, de EL COLOMBIANO, de fotografía, de filosofía, de poesía… Una carpas en la que los letreros de las paredes prometen que allí lo llevaran a uno de viaje sin trasladarlo físicamente a ninguna parte. Otra, en la que promueven la autenticidad y el autoconocimiento, según las enseñanzas del escritor Fernando González, algunas más en las que cantan y otras en las que juegan.

En fin, esta celebración de los sentidos y la razón, la Fiesta del Libro —como fiesta que se respete— no puede vivirse con afanes. Resultan precisos los diez días previstos para el goce.

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